El Muro y la Grieta. Primer Apunte sobre el Método Zapatista. Palabras del SupGaleano en la Inauguración del Seminario “El Pensamiento Crítico frente a la Hidra Capitalista”

El Muro y la Grieta.

Primer Apunte sobre el Método Zapatista.

 Mayo 3 del 2015.

Buenas tardes, días, noches tengan quienes escuchan y quienes leen, sin importar sus calendarios y geografías.

Mi nombre es Galeano, Subcomandante Insurgente Galeano. Nací la madrugada del 25 de mayo del 2014, en colectivo y a pesar mío, y bueno, también a pesar de otros, otras y otroas. Como el resto de mis compañeras y compañeros zapatistas, me cubro el rostro cuando es necesario mostrarme, y me descubro para ocultarme. A pesar de no cumplir aún el año de vida, el mando me ha asignado el trabajo de posta, vigía o centinela en uno de los puestos de observación de esta tierra rebelde.

Como no estoy acostumbrado a hablar en público, y menos ante tantas y tan finas (já -perdón, debe ser el hipo del pánico de escena-), digo finas personas, les agradezco su comprensión para con mis balbuceos y mi reiterado trastabíllelo en el difícil y complicado arte de la palabra.

Tomé el nombre de Galeano del de un compañero zapatista, un maestro y organizador, indígena, que fue atacado, secuestrado, torturado y asesinado por paramilitares amparados en una supuesta organización social: la CIOAC-Histórica. La pesadilla que acabó con la vida del compañero maestro Galeano, inició la madrugada del 2 de mayo del 2014. Desde esa hora, nosotras, nosotros, zapatistas, iniciamos la reconstrucción de su vida.

Por esas fechas, la dirección colectiva del EZLN decidió dar muerte al personaje autodenominado SupMarcos, en aquel tiempo portavoz de los hombres, mujeres, niños y ancianos zapatistas. A partir de entonces, el cargo de vocero del Ejército Zapatista de Liberación Nacional le corresponde al Subcomandante Insurgente Moisés. Por su voz hablamos, por sus ojos miramos, en sus pasos andamos, él somos.

Meses después de ese 2 de mayo, la noche se alargó en el México de abajo y le puso un nuevo nombre a la ya larga nominación del terror: “Ayotzinapa”. Como se ha dado una y otra vez en el mundo, una geografía de abajo era así señalada y nombrada por una tragedia planeada y ejecutada, es decir, por un crimen.

Ya hemos dicho, en voz del Subcomandante Insurgente Moisés, lo que para nosotros, nosotras, zapatistas, significó y significa Ayotzinapa. Con su venia y la de mis compañeras y compañeros jefas y jefes zapatistas retomo sus palabras.

Ayotzinapa es el dolor y la rabia, sí, pero no sólo eso. También y sobre todo, el terco empeño de los familiares y compañeros de los ausentes.

Algunas, algunos de estos familiares que no han dejado caer la memoria, nos dieron el honor de compartir junto nuestro y están aquí con nosotros en tierras zapatistas.

Escuchamos la palabra de Doña Hilda y Don Mario, madre y padre de César Manuel González Hernández, y tenemos la presencia y la palabra de Doña Bertha y Don Tomás, madre y padre de Julio César Ramírez Nava. Con ellas y ellos tenemos el reclamo por los 46 ausentes.

A Doña Bertha y a Don Tomás les pedimos que hagan llegar estas palabras a los demás familiares de los ausentes de Ayotzinapa. Porque ha sido su lucha lo que hemos tenido presente para arrancar este semillero.

Creo que más de una, uno, unoa, de la Sexta y del EZLN, coincidirán conmigo en que hubiéramos preferido que no estuvieran aquí como están. Quiero decir, que sí estuvieran, pero no como dolor y rabia, sino como abrazo compañero. Que no hubiera pasado nunca ese 26 de septiembre. Que el calendario hubiera echado una mano compañera y se hubiera saltado esa fecha, y que la geografía se hubiera extraviado y no hubiera anclado en Iguala, Guerrero, México.

Pero si después de esa noche de terror, la geografía se extendió y profundizó, alcanzando los rincones más apartados del planeta, y si el calendario sigue rendido ante esa fecha, ha sido por el empeño de ustedes, por la grandeza de su sencillez, por la incondicionalidad de su entrega.

No conocemos a sus hijos. Pero los conocemos a ustedes. Y no es otra nuestra intención que la de que la admiración y el respeto que les tenemos sea una certeza para ustedes, aún y en los momentos más solitarios y dolorosos a los que se enfrenten.

Es cierto, no podemos llenar calles y plazas en las grandes ciudades. Cada movilización, por pequeña que sea, representa para nuestras comunidades una merma importante en su economía, ya de por sí difícil, como la de millones de personas, y sostenida al límite por las rebeldía y resistencia de más de dos décadas. En nuestras comunidades digo, porque nuestros apoyos no son la suma de individualidades, sino que son acción colectiva, reflexionada y organizada. Son parte de nuestra lucha.

No podemos brillar en las redes sociales, ni hacer llegar sus palabras más allá de nuestros corazones. Tampoco podemos apoyarlos económicamente, aunque bien sabemos que estos meses de lucha les han golpeado en su salud y en sus condiciones de vida.

Ocurre también que nuestro ser rebelde y en resistencia las más de las veces es visto con resquemor y desconfianza. Movimientos y movilizaciones que en distintos rincones se levantan, prefieren que no hagamos explícita nuestra simpatía. Aún sensibles al “qué dirán” mediático, no quieren que su causa sea asociada de manera alguna a “los encapuchados de Chiapas”. Lo entendemos, no lo cuestionamos. Nuestro respeto a las rebeldías que pululan en el mundo incluye el respeto a sus valoraciones, a sus pasos, a sus decisiones. Respetamos sí, pero no ignoramos. Estamos pendientes de todas y cada una de las movilizaciones que enfrentan al Sistema. Tratamos de comprenderlas, es decir, de conocerlas. Sabedores somos que el respeto nace del conocimiento, y que el miedo y el odio, esas dos caras del desprecio, nacen no pocas veces de la ignorancia.

Aunque pequeña es nuestra lucha, algo hemos aprendido en estos años, décadas, siglos. Y esto queremos decirles:

No crean en quienes les dicen que la sensibilidad y la simpatía, el apoyo, se mide en calles abarrotadas, en plazas colmadas, en grandes templetes, en el número de cámaras, micrófonos, encabezados periodísticos, tendencias en redes sociales.

La inmensa mayoría en el mundo, no sólo en nuestro país, es como ustedes, hermanas y hermanos familiares de los ausentes de Ayozinapa. Personas que tienen que pelearle al día y a la noche un pedazo de vida. Gente que debe luchar para arrancarle a la realidad algo para sostenerse.

Cualquiera de abajo, hombre, mujer, otroa, que conozca la historia que les duele, simpatiza con su lucha en demanda de verdad y justicia. La comparte porque en sus palabras ven la repetición de sus historias, porque se reconocen en su dolor, porque se identifican con su rabia.

La mayoría no ha ido a marchar, no se ha manifestado, no ha creado temas en redes sociales, no ha roto cristales, no ha incendiado vehículos, no ha gritado consignas, no ha usurpado templetes, no les ha dicho que no están solas, solos.

No lo han hecho simple y sencillamente porque no han podido hacerlo.

Pero han escuchado y respetan su movimiento.

No desfallezcan.

No crean que porque quienes antes estuvieron a su lado se han ido, después de cobrar su parte o después de ver que no podrían cobrarla, su causa es menos dolorosa, menos noble, menos justa.

El camino que han llevado hasta ahora ha sido intenso, cierto. Pero ustedes saben que todavía falta mucho por andar.

¿Saben? Uno de los engaños de arriba es convencer a los de abajo de que lo que no se consigue rápido y fácil, no se consigue nunca. Convencernos de que las luchas largas y difíciles sólo cansan y nada logran. Trucan el calendario de abajo sobreponiéndole el calendario de arriba: elecciones, comparecencias, reuniones, citas con la historia, fechas conmemorativas que sólo ocultan el dolor y la rabia.

El Sistema no le teme a los estallidos, por muy masivos y luminosos que sean. Si un gobierno cae, hay en su alacena otros para reponer e imponer. Lo que lo aterroriza es la perseverancia de la rebeldía y la resistencia de abajo.

Porque abajo es otro el calendario. Es otro el paso. Es otra la historia. Es otro el dolor y otra la rabia.

Y ahora, al pasar de los días, este abajo disperso y plural que somos, ya no sólo está atento a su dolor y a su rabia. También estamos atentos a su persistencia, a su seguir, a su no rendirse.

Créanos. Su lucha no depende del número de manifestantes, del número de notas periodísticas, del número de menciones en redes sociales, del número de giras a las que los inviten.

Su lucha, nuestra lucha, las luchas de abajo en general, dependen de la resistencia. De no rendirse, de no venderse, de no claudicar.

Bueno, claro, eso según nosotras, nosotros, zapatistas. Habrá gente que les diga otras cosas. Les dirán que es más importante estar con ellos, ellas. Por ejemplo, que es más importante llamar a votar por tal o cual partido político porque así encontrarán a los ausentes. Y que si no llaman a votar por tal o cual partido no sólo habrán perdido LA oportunidad de recuperar a quienes les hacen falta, también serán cómplices de que el terror siga en nuestro país.

¿Ya ven cómo hay partidos políticos que se aprovechan de las necesidades materiales de la gente? ¿Que ofrecen despensas, útiles escolares, tarjetas, pases para el cine, cubetas, gorras, tortas y agua pintada en empaque tetra pack? Bueno, pues también hay quien se aprovecha de las necesidades sentimentales de la gente. La esperanza, amigos y enemigos, es la necesidad que mejor se cotiza allá arriba. La esperanza de que todo va a cambiar, de que ahora sí el bienestar, la democracia, la justicia, la libertad. La esperanza que los iluminados de arriba le arrebatan a los jodidos de abajo y luego se la venden. La esperanza en que la solución a las demandas está en el color de uno de los productos en la alacena del sistema.

Tal vez es gente que sabe más que nosotros, nosotras, zapatistas. Son sabios, sabias. Es más, cobran por saber. El conocimiento es su profesión, de eso viven… o con eso defraudan.

Ya ven que ellos saben más y, refiriéndose a nosotras, nosotros, dicen que estamos “perdidos allá, en las montañas, quién sabe dónde”, y dicen que llamamos a la abstención y que somos sectarios (tal vez porque, a diferencia de ellos, nosotros sí respetamos a nuestros muertos).

¡Ah! ¡Es tan cómodo decir y repetir ocurrencias y mentiras! Tan barato difamar y calumniar, y luego predicar la unidad, el enemigo principal, la infalibilidad del pastor, la incapacidad del rebaño.

Hace muchos años, las zapatistas, los zapatistas no hacíamos marchas, no gritábamos consignas, ni enarbolábamos pancartas, ni levantábamos los puños. Hasta que una vez marchamos. La fecha: el 12 de octubre de 1992, cuando allá arriba celebraban 500 años del “encuentro de dos mundos”. El lugar: San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México. En vez de pancartas llevamos arcos y flechas, y un silencio sordo fue nuestra consigna.

Sin mucha bulla, la estatua del conquistador cayó. Si volvieron a levantarla no importa. Nunca podrán levantar de nuevo el miedo a lo que representaba.

Unos meses después, volvimos a las ciudades. Tampoco esa vez llevamos consignas ni pancartas, y no llevamos arcos y flechas. Esa madrugada olía a fuego y pólvora. y fueron nuestros rostros los levantados.

Meses después vinieron algunas, algunos de la ciudad. Nos contaron de las grandes marchas, de las consignas, de las pancartas, de los puños levantados. Claro, agregando siempre que si es que estos pobres inditos e inditas que somos, porque cuidaban la equidad de género, sobrevivíamos, era gracias a ellos y ellas, que en la ciudad habían detenido el genocidio de los primeros días de ese año de 1994. Las zapatistas, los zapatistas, no preguntamos si antes de 1994 no había genocidio, ni si ya se había detenido, ni si ésos de la ciudad estaban platicando algo ocurrido o estaban pasando la factura. Los zapatistas, las zapatistas entendimos que había otros modos de lucha.

Hicimos después nuestras marchas, nuestras consignas, nuestras pancartas y levantamos los puños. Desde entonces nuestras marchas son un pálido reflejo de aquella marcha que alumbró la madrugada del año 94. Nuestras consignas tienen la rima desordenada de las canciones en los campamentos guerrilleros de montaña. Nuestras pancartas son trabajosamente elaboradas por batallar para encontrar equivalentes a lo que en nuestras lenguas se describe en una palabra, y en otros idiomas se necesitan tres tomos de El Capital. Nuestros puños levantados más que retar, saludan. Como si al mañana se dirigieran y no al presente.

Pero algo no ha cambiado: siguen levantados nuestros rostros.

Años después, nuestros autodenominados acreedores de la ciudad nos exigieron que participáramos en las elecciones. No entendimos, porque nosotras, nosotros, nunca les exigimos que se alzaran en armas, ni que resistieran, ni que se rebelaran contra el mal gobierno, ni que honraran a sus muertos en la lucha. No les exigimos que se cubrieran el rostro, que se negaran el nombre, que abandonaran familia, profesión, amistades, nada. Pero los modernos conquistadores, vestidos de izquierda progresista, nos amenazaron: si no los seguíamos, nos dejarían solas, solos, y seríamos los culpables de que la derecha reaccionaria fuera gobierno. Les debíamos, dijeron, y presentaron la cuenta a pagar impresa en una boleta electoral.

Nosotras, nosotros, zapatistas, no entendimos. Nos alzamos para mandarnos nosotras mismas, nosotros mismos, no para que otro nos mandara. Se enojaron.

Tiempo después los de la ciudad siguen marchando, gritando consignas, levantando puños y pancartas, y ahora agregan tuits, hashtags, likes, trending topics, followers, en sus partidos políticos están los mismos que apenas ayer eran la derecha reaccionaria, en sus mesas se sientan juntos y departen los asesinos y los familiares de los asesinados, ríen y brindan juntos por la paga obtenida, se lamentan y lloran juntos por los puestos perdidos.

Mientras tanto las zapatistas, los zapatistas también marchamos a veces, gritamos consignas imposibles o callamos, en veces levantamos pancartas y puños, siempre la mirada. Decimos que no nos manifestamos para desafiar al tirano, sino para saludar a quien, en otras geografías y calendarios, lo enfrenta. Para desafiarlo, construimos. Para desafiarlo, creamos. Para desafiarlo, imaginamos. Para desafiarlo, crecemos y nos multiplicamos. Para desafiarlo, vivimos. Para desafiarlo, morimos. En lugar de tuits, hacemos escuelas y clínicas, en lugar de trending topics, fiestas para celebrar la vida derrotando a la muerte.

En la tierra de los acreedores de la ciudad sigue mandando el amo, con otro rostro, con otro nombre, con otro color.

En la tierra zapatista mandan los pueblos y el gobierno obedece.

Tal vez por eso es que los zapatistas, las zapatistas, no entendimos que teníamos que ser los seguidores, y los líderes de la ciudad los seguidos.

Y todavía no entendemos.

Pero puede ser que sí, que la verdad y la justicia que ustedes, nosotras y nosotros, todos, todas, todoas, buscamos, se consiga gracias a la dádiva de un líder rodeado de gente tan inteligente como él, un salvador, un amo, un jefe, un patrón, un pastor, un gobernante, y todo sólo con el mínimo esfuerzo de una boleta en una urna, con un tuit, con una presencia en la marcha, en el mitin, en la lista de afiliados… o callando frente a la farsa que simula interés patriótico donde sólo hay ansia de Poder.

Si sí o no, es lo que tal vez nos digan otros pensamientos en este semillero.

Lo que nosotras, nosotros, zapatistas, hemos aprendido es que no. Que de arriba sólo vienen la explotación, el robo, la represión, el desprecio. Es decir, de arriba, sólo llega el dolor.

Y de arriba les demandan, les exigen que los sigan. Que ustedes les deben el que se conociera mundialmente su dolor, que ustedes les deben las plazas colmadas, las calles llenas de color e ingenio. Que ustedes les deben por el trabajo de policía ciudadana que señaló, persiguió y satanizó a “anarco-inflitrados-fuchi-guácala”. Que ustedes les deben las manifestaciones bien portadas, las notas periodísticas, las fotos a colores, las reseñas favorables y las entrevistas.

Nosotros, nosotras, zapatistas, sólo decimos:

No teman quedarse solos de quienes nunca han estado en verdad con ustedes. Son ellas y ellos quienes no los merecen. Quienes llegan a su dolor como a un espectáculo ajeno, que gusta o que disgusta, pero del que nunca serán parte real.

No teman ser abandonados por quienes pretenden no acompañarlos y apoyarlos, sino administrarlos, domarlos, rendirlos, usarlos y, después, desecharlos.

Teman, sí, olvidar su causa, dejar caer su lucha.

Pero mientras se mantengan, mientras resistan, tendrán el respeto y la admiración de mucha gente en México y en el mundo.

Gente como la que está aquí hoy con nosotras, nosotros.

Como Adolfo Gilly.

Esto que ahora diré, no se iba a decir. ¿La razón? Que inicialmente tanto Adolfo Gilly como Pablo González Casanova habían dicho que tal vez no estarían presentes, ambos por problemas de salud. Pero aquí está Adolfo, y a él le pedimos ahora que le cuente luego a Don Pablo esta parte.

El finado supMarcos contaba que alguna vez alguien le cuestionó que el EZLN tuviera tantas atenciones para Don Luis Villoro, Don Pablo González Casanova y Don Adolfo Gilly. El argumento impugnador se basaba en las diferencias que, frente al zapatismo, estas tres personas mantenían, y en cambio, que no tuviera las mismas deferencias para intelectuales que eran cien por ciento zapatistas. Imagino que el Sup encendió la pipa y entonces explicó: “En primera, dijo, sus diferencias no son con lo que es el zapatismo, sino con las valoraciones, análisis o posiciones que el zapatismo asume frente a diversos asuntos. En segunda, prosiguió, yo en lo personal he visto a estas tres personas frente a mis compañeras y compañeros jefes. Acá han llegado intelectuales de gran prestigio y, bueno, algunos no tan prestigiados. Han llegado y han dicho su palabra. Pocos, muy pocos, han hablado con las comandantas y comandantes. Sólo frente a esas tres personas he visto a mis jefes y jefas hablar y escuchar de igual a igual, con confianza y camaradería mutuas. ¿Cómo lo hicieron? Bueno, pues habría que preguntarles a ellos. Lo que yo sé es que eso cuesta, que lograr la palabra y el oído de mis compañeras y compañeros jefes y jefas, en respeto y cariño, cuesta y mucho. La tercera es que, abundó el Sup, te equivocas al pensar que como zapatistas buscamos espejos, vítores y aplausos. Nosotros apreciamos y valoramos las diferencias en los pensamientos, claro, si son pensamientos críticos y articulados, y no esas chambonadas que ahora abundan en el progresismo ilustrado. Nosotros, nosotras, zapatistas, no valoramos de un pensamiento si coincide o no con el nuestro, sino si nos hace pensar o no, si nos provoca o no, pero sobre todo, si da cuenta cabal de la realidad. Estas tres personas han mantenido, cierto, posiciones diferentes y hasta contrarias a la nuestra frente a situaciones diversas.

Nunca, nunca han estado en contra nuestra. Y, a pesar de los vaivenes de la moda, han estado de nuestro lado.

Sus argumentos contrarios y, no pocas veces, contradictorios a los nuestros, no nos han convencido, cierto, pero nos han ayudado a entender que hay diversas posiciones y pensamientos diferentes, y que es la realidad la que sanciona, no un tribunal autoerigido sea en la academia, sea en la militancia. Provocar el pensamiento, la discusión, el debate es algo que nosotras, nosotros, zapatistas valoramos y mucho.

Por eso nuestra admiración al pensamiento anarquista. Es claro que no somos anarquistas, pero sus planteamientos son de los que provocan y alientan, los que hacen pensar. Y créeme que el pensamiento crítico ortodoxo, por llamarlo de alguna forma, tiene mucho que aprender en ese aspecto, pero no sólo en eso, del pensamiento anarquista. Por ponerte un ejemplo, la crítica al Estado como tal, es algo que en el pensamiento anarquista lleva ya mucho camino andado.

Pero volviendo a los 3 malditos, cuando cualquiera de ustedes, le dijo el Sup a quien demandaba una rectificación zapatista, pueda sentarse frente a cualquiera de mis compañeras y compañeros sin que ellas y ellos teman su burla, su veredicto, su condena; cuando logren que les hablen en igualdad y respeto; que los vean como compañeros y compañeras y no como jueces extraños; que los cariñen, como se dice acá; o cuando su pensamiento, coincidente o no con el nuestro, nos ayude a descubrir el funcionamiento de la Hidra; nos lleve a nuevas cuestiones; nos invite a nuevos caminos; nos haga pensar; o cuando puedan explicar o provocar el análisis de un aspecto concreto de la realidad; entonces y sólo entonces verán que tenemos para ustedes las mismas pocas atenciones que podamos brindarles. Mientras tanto, agregó el Supmarcos con ese humor ácido que lo caracterizaba, abandonen esos celos heteropatriarcales, mundialistas, reptilianos e iluminatis.

He recordado aquí esta anécdota que me fue referida por el SupMarcos, porque hace unos meses, cuando nos visitó una delegación de los familiares que luchan por la verdad y la justicia para Ayotzinapa, uno de los papás nos contó de una reunión que tuvieron con el mal gobierno. No recuerdo ahora si era la primera. Nos contó este Don Mario que los funcionarios llegaron con sus papeles y su burocracia, como si estuvieran atendiendo un cambio de placas y no un caso de desaparición forzada. Los familiares estaban temerosos y rabiosos y querían decir su palabra, pero el burócrata al frente alegaba que sólo podían hablar los que estaban apuntados y los intimidaba. Cuenta Don Mario que los acompañaba un hombre ya de edad, “de juicio” dirían las zapatistas, los zapatistas. Ese hombre, sin que nadie lo esperara, dio un manotazo en la mesa y alzó la voz exigiendo que se les diera la palabra a los familiares que quisieran hablar. Don Mario nos dijo, palabras más, palabras menos, “no tuvo miedo ese señor, y pues se nos quitó también a nosotros el miedo y hablamos, y desde entonces no paramos”. Ese hombre que, encendido de rabia, se plantó frente a la desidia gubernamental, pudo haber sido una mujer, o unoa otroa, y estoy seguro que cualquiera de ustedes, hubiera hecho lo mismo o algo parecido en esas circunstancias, pero llegó que le tocó ser a quien se llama Adolfo Gilly.

Compas familiares:

A eso nos referimos cuando les decimos que hay gente que está con ustedes sin verlos como una mercancía para comprar, vender, intercambiar o robar.

Y como él, hay otras, otros, otroas, que no golpean la mesa pues porque no la tienen enfrente, que si no, pues ahí lo vean.

Como zapatistas que somos, también hemos aprendido que nada de lo que merecemos y necesitamos se logra con facilidad ni rápido.

Porque la esperanza para el arriba es una mercancía, sí. Pero para el abajo es una lucha por una certeza: Vamos a conseguir lo que merecemos y necesitamos porque nos estamos organizando y estamos luchando para ello.

Nuestro destino no es la felicidad. Nuestro destino es luchar, luchar siempre, a todas horas, en todo momento, en todos los lugares. No importa que el viento no sea favorable. No importa que tengamos el aire y todo en contra. No importa que venga la tormenta.

Porque, créanlo o no, los pueblos originarios son especialistas en tormentas. Y ahí están, Y aquí estamos. Nosotros, nosotras nos llamamos zapatistas. Y desde hace más de 30 años pagamos el costo de así nombrarnos, en vida y en muerte.

Lo mucho que tenemos, es decir, nuestra supervivencia a pesar de todo y a pesar de todos los arriba que se han sucedido en calendarios y geografías, no se lo debemos a individualidades. Se lo debemos a nuestra lucha colectiva y organizada.

Si alguien pregunta a quién le deben los zapatistas, las zapatistas, su existencia, su resistencia, su rebeldía, su libertad, dirá verdad quien responda: “A NADIE”.

Porque así es como el colectivo anula la individualidad que suplanta e impone, simulando que representa y orienta.

Por eso les hemos dicho, familiares de la búsqueda de la verdad y la justicia, que cuando de su lado todos se vayan, quedaremos NADIE.

Una parte de ese NADIE, acaso la más pequeña, somos nosotras, nosotros, zapatistas. Pero hay más, mucho más.

NADIE es quien hace andar la rueda de la historia. Es NADIE quien trabaja la tierra, quien maneja las máquinas, quien construye, quien trabaja, quien lucha.

NADIE es quien sobrevive a la catástrofe.

Pero tal vez estemos equivocados, equivocadas, y el camino que les ofrecen sea el que vale realmente. Si así lo creen y así lo deciden, no esperen de acá un juicio condenatorio, ni repudios, ni desprecios. Igual tendrán nuestro cariño, nuestro respeto, nuestra admiración.

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 Familiares de los Ausentes de Ayotzinapa:

Es tanto lo que no podemos hacer, lo que no podemos darles.

Pero en cambio tenemos una memoria forjada en siglos de silencio y abandono, en la soledad, en el lugar del agredido por colores distintos, por diferentes banderas, por lenguas diversas. Siempre por el sistema, el pinche sistema que es sobre nosotros, nosotras. El sistema que es a costa nuestra.

Y tal vez las memorias tercas no llenan plazas, ni ganan o compran puestos gubernamentales, ni toman palacios, ni queman vehículos, ni rompen vidrios, ni levantan monumentos en los museos efímeros de las redes sociales.

Las memorias porfiadas sólo no olvidan, y así luchan.

Las plazas y calles se vacían, los puestos y los gobiernos se terminan, los palacios se derrumban, los vehículos y los vidrios son remplazados, los museos se enmohecen, las redes sociales corren de un lado a otro demostrando que la frivolidad, como el capitalismo, puede ser masiva y simultánea.

Pero llegan momentos, compas familiares de los ausentes, en que la memoria es lo único que se tiene.

En esos momentos, sepan ustedes que nos tienen también a nosotras, nosotros, zapatistas del EZLN.

Porque debemos decirles que la tenaz memoria de los zapatistas, las zapatistas, es muy otra. Porque no sólo lleva el apunte de los dolores y las rabias pasadas, dibujando en el cuaderno los mapas de calendarios y geografías que han sido olvidados arriba.

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EL MURO Y LA GRIETA.

 Como zapatistas que somos, nuestra memoria también se asoma a lo que viene. Señala fechas y lugares.

Si no hay un punto geográfico para ese mañana, empezamos a juntar ramitas, piedritas, jirones de ropa y carne, huesos y barro, e iniciamos la construcción de un islote, o más bien, de una barca plantada en medio del mañana, ahí donde ahora sólo se vislumbra una tormenta.

Y si no hay una hora, un día, una semana, un mes, un año en el calendario conocido, pues empezamos a reunir fracciones de segundos, minutos apenas, y los vamos colando por las grietas que abrimos en el muro de la historia.

Y si no hay grieta, bueno, pues a hacerla arañando, mordiendo, pateando, golpeando con manos y cabeza, con el cuerpo entero hasta conseguir hacerle a la historia esa herida que somos.

Y luego pasa que alguien camina cerca y nos ve, ve a la zapatista, el zapatista, duro que dale contra el muro.

Quien así pasa frente nuestro, a veces es quien cree que sabe. Se detiene un momento, mueve la cabeza con desaprobación, juzga y sentencia: “así nunca van a derribar el muro“.

Pero a veces, muy de cuando en cuando, pasa la otra, el otro, lo otroa. Se detiene, mira, entiende, se mira los pies, se mira las manos, los puños, los hombros, el cuerpo. Y elige. “Aquí está bueno“, podríamos escuchar si es que su silencio fuera audible, mientras marca una seña en el muro inmóvil. Y a darle.

Regresa quien cree que sabe, puesto que su camino es siempre de ida y vuelta, como pasando revista a sus súbditos. Ve ahora a lo otro en la misma necia tarea. Valora que ya hay suficientes para que le escuchen, le aplaudan, le aclamen, le voten, le sigan. Mucho habla, poco dice: “así nunca van a derribar ese muro, es indestructible, es eterno, es interminable” Cuando considera que es oportuno, concluye: “lo que deberían hacer es ver cómo administrar el muro, cambiar de guardia, intentar hacerlo un poco justo, amable. Yo les prometo ablandarlo. De todas formas, siempre estaremos de este lado, Si siguen así, sólo le están haciendo el juego a la actual administración, al gobierno, al Estado, al como se diga, no importa la diferencia porque el muro es el muro y siempre, ¿lo oyen?, siempre estará ahí“.

Tal vez se acerque alguien más. Observa en silencio y concluye: “en lugar de empeñarse contra el muro, deberían entender que el cambio está en uno mismo, una misma, sólo se necesita pensar positivamente, mire usted, qué casualidad, aquí tengo a la mano esta religión, moda, filosofía, coartada que le servirá. No importa si es vieja o nueva. Venga, sígame“.

Para esto, quienes están duro y dale contra el muro ya están mejor organizados, se hacen colectivos, equipos, se relevan, se turnan. Los hay equipos gordos, flacos, altos y chaparros; allá están los sucios, feos, malos y groseros; los hay cabezones, los hay patones, los hay con las manos endurecidas por el trabajo, los hay de quienes, sea mujeres, sea hombres, sea otroas, echan el hombro, el cuerpo, la vida.

Duro y dale con lo que pueden.

Hay quien con un libro, un pincel, una guitarra, una tornamesa, un verso, un azadón, un martillo, una varita mágica, un lapicero. Vaya, hasta hay quien golpea al muro con un “pas de chat“. Y bueno, pasa lo que pasa, Porque resulta que el baile se contagia. Y alguien trae una marimba, un teclado o un balón y entonces los turnos… bueno, ya se imaginarán ustedes.

Claro, el muro ni en cuenta. Sigue impávido, poderoso, inmutable, sordo, ciego.

Y aparecen los medios de comunicación de paga: toman fotos, videos, se entrevistan entre ellos mismos, consultan especialistas. La especialista tal-cual, cuya virtud es ser de otro país, declara, con mirada trascendente, que la composición molecular de la materia que le da al muro su corporeidad es tal que ni con una bomba atómica y que, por lo tanto, lo que hace el zapatismo es completamente improductivo y termina por ser cómplice del muro en sí (ya en off, la especialista le ha pedido a quien la entrevista que mencione su único libro, a ver si así se vende).

Sigue el desfile de especialistas. La conclusión es unánime: es un esfuerzo inútil, así nunca derribarán el muro. De pronto, los medios corren a entrevistar a quien ofrece una administración “más humana” del muro. El tumulto de cámaras y micrófonos produce un efecto curioso: quien no tiene argumentos ni seguidores, parece tener muchos de unos y otros. Gran y conmovedor discurso. Hay la nota. Se van los medios de comunicación de paga, porque nadie estaba poniendo atención a lo que decía el candidato, el líder o el sabio, sino a sus teléfonos que, obvio, son al menos más inteligentes que el entrevistado o entrevistada, y hay un terremoto aquí nomás, y al funcionario tal le encontraron que es corrupto, y james bond ha llegado al Zócalo, y la pelea del siglo ha atraído a millones, tal vez porque pensaron que era entre explotados y explotadores.

A la zapatista, el zapatista, nadie le pregunta. Si lo hicieran tal vez no respondería. O tal vez diría el por qué de su absurdo empeño: “acaso quiero derribar el muro, basta con hacerle una grieta

No ha sido en libros escritos, sino en los que aún no se escriben pero ya son leídos por generaciones, que las zapatistas, los zapatistas han aprendido que si paras de arañar la grieta, ésta se cierra. El muro se resana a sí mismo. Por eso tienen que seguir sin descanso. No sólo para ensanchar la grieta, sobre todo para que no se cierre.

Sabe también la zapatista, el zapatista, que el muro muta en su apariencia. A veces es como un gran espejo que reproduce la imagen de destrucción y muerte, como si no fuera posible otra cosa. A veces el muro se pinta de agradable y en su superficie aparece un plácido paisaje. Otras veces es duro y gris, como para convencer de su impenetrable solidez. Las más de las veces el muro es una gran marquesina donde se repite “P-R-O-G-R-E-S-O”.

Pero el zapatista, la zapatista sabe que es mentira. Sabe que el muro no siempre estuvo ahí. Conoce cómo se levantó. Sabe de su funcionamiento. Conoce de sus engaños. Y sabe también cómo destruirlo.

No le preocupa la supuesta omnipotencia y eternidad del muro. Sabe que son falsas ambas.

Pero ahora lo importante es la grieta, que no se cierre, que se agrande.

Porque el zapatista, la zapatista, también sabe qué hay al otro lado del muro.

Si le preguntaran, respondería “nada“, pero sonreiría como si dijera “todo“.

En uno de los relevos, los Tercios Compas, que no son medios, ni libres, ni autónomos, ni alternativos, ni como se llamen, pero son compas, interrogan con severidad a quien golpea.

Si dices que no hay nada del otro lado, ¿para qué quieres hacerle una grieta al muro?

Para mirar“, responde la zapatista, el zapatista, sin dejar de arañar.

¿Y para qué quieres mirar?“, insisten los Tercios Compas que para entonces, como todos los medios se han ido, son los únicos que permanecen. Y para ratificarlo, llevan en la camisola la leyenda “Cuando los medios se van, quedan los tercios”. Y, claro, están un poco incómodos porque son los únicos que están preguntando en lugar de darle al muro con la cámara o con la grabadora o al-fin-supe-para-qué-carajos-sirve-este-pinche-tripie.

Los Tercios preguntan de nuevo, faltaba más. Aunque sea que llega en la cabeza, porque la grabadora ya fue, de la cámara mejor ni hablar, y el tripie ahí nomás se hizo ciempiés. Así que repite: “¿Y para qué quieres mirar?

Para imaginar todo lo que se podrá hacer mañana“, responde el zapatista, la zapatista.

Y cuando la zapatista, el zapatista dijo “mañana” bien pudo estarse refiriendo a un calendario perdido en un futuro por venir. Podrían ser milenios, siglos, decenios, lustros, años, meses, semanas, días… ¿o ya mañana?, ¿mañana? ¿mañana mañana? ¿Te cae? ¡No chingues si ni siquiera me he peinado!

Pero no todos, todas, pasaron de largo.

No todas, todos, pasaron y juzgaron absolviendo o condenando.

Hubo, hay pocos, muy pocos, tantos apenas que ni una mano agotan.

Estuvieron ahí, callados, mirando.

Ahí siguen.

Apenas de vez en cuando profieren un “mmh” que es muy semejante al que expresan los más antiguos de los pobladores en nuestras comunidades.

Contra lo que se pueda pensar, el “mmh” no significa desinterés o desapego. Tampoco desaprobación o acuerdo. Es más bien como un “aquí estoy, te escucho, te miro, continúa”.

Ya de edad son esos hombres y mujeres, “de juicio” dicen los compas cuando se refieren a la gente mayor, señalando que los calendarios deshojados en la lucha dan razón, saber y discreción.

Entre esos pocos, había uno, hay uno. En veces ese uno se suma a los partidos de fútbol que el comando anti muro organiza para seguir golpeando, aunque entonces sea un balón, y después le toque al teclado de la marimba.

Como de costumbre en esos partidos, nadie pregunta nombres. Uno o una o unoa no se llama juan, o juana o krishna, no. Es la posición que tienes la que te nombra. “¡Oyes portería! ¡Pásala volante! ¡Duro defensa! ¡Dale atacante! ¡Acá delantero!“, se escucha en la algarabía del potrero, con las vacas indignadas porque el ir y venir de los equipos les arruina la comida.

En una orilla, una niña inquieta hace por calzarse unas botas de hule que, se nota, le quedan grandes

Y vos, ¿cómo te llamas?“, le pregunta el hombre a la niña.

Yo defensa zapatista“, dice la niña y pone su mejor cara de “si no quieres morir, retírate”.

El hombre sonríe. No ríe abiertamente. Sólo sonríe.

La niña, es claro, está reclutando elementos para retar al que pierda.

Sí, porque acá, cuando el equipo gana, se va a darle al muro. Y el equipo que pierde sigue jugando, “hasta que aprenda”, dicen.

La niña tiene ya parte del equipo y le presume al hombre.

Éste es delantero“, dice señalando a un chuchito de color indefinido por las costras de lodo y que mueve la cola entusiasmado. “Si corre, acaso para, se va y se va, hasta allá“, y la niña señala al horizonte que el muro oculta.

Falta que no se le olvide el balón“, dice casi como pidiendo disculpas, “porque luego agarra camino para otro lado; la pelota para allá y el perrito delantero para el otro allá“.

Este es portero o conserje también le dicen, creo“, dice ahora presentando a un viejo caballo viejo.

Yo mi trabajo“, explica la niña, “es que no pase el balón, porque mírelo usted, es choco, le falta un su ojo, el derecho, por eso ya sólo mira abajo y a la izquierda y si el tiro viene por la derecha, pues nomás ni en cuenta“.

Y bueno, ahorita no está todo el equipo. Falta el gato… bueno, más bien es perro. Muy otro el ése-como-se-llama, como que perro pero maúlla, como que gato pero ladra. Lo busqué en el libro de herbolaria cómo se llama un animalito así. No encontré. Dijo el Pedrito que dejó dicho el Sup que se llama gato-perro.

Pero no muy hay que creerle al Pedrito porque…” la niña voltea a uno y otro lado viendo que nadie esté cerca para escucharla, y le dice al hombre en secreto “ese Pedrito le va al América“, luego, ya más en confianza: “Su papá le va a las chivas y se embravece. Si pelean, su mamá los zapea a los dos y ya se están quietos, pero el Pedrito mucho alega, que la libertad según las zapatillas y no sé cuánto

Será zapatistas“, corrige el hombre. La niña ni en cuenta, el Pedrito se las debe y ha de pagar.

Bueno, tú como te llames, el gato-perro ése, tú piensas en tu cabeza ¿será que sabe jugar?

Sabe“, se responde ella misma.

Como el enemigo no lo ve si es perro o es gato, rápido se va por un lado y otro y ¡zás! ahí está el gol. El otro día casi ganamos, pero la pelota se fue pal monte y en eso llegó la hora del pozol y se suspendió el partido. Bueno, te digo tú, el ése gato-perro como-se-llame, sabe. Muy otro el gato-perro ése, tiene su ojo amarillo, así“.

El hombre ha quedado helado. La niña ha descrito un color con sus manitas. El hombre ha rodado mundos y penas, pero no había encontrado a alguien que describiera un color con un ademán. Pero la niña no está para impartir cursos de fenomenología del color, y sigue hablando.

Pero no está ahorita, el gato-perro“, dice con pena, “creo que se fue de cura porque dicen quesque se fue a un seminario contra el pinche capitalismo cabezón. ¿Tú lo sabes cómo es su modo del pinche capitalismo cabezón? Bueno, mira, te lo voy a dar la plática política. Resulta que la pinche sistema no te muerde sólo de un lado sino que onde quiera te está chingando. Todo lo muerde la pinche sistema, todo se lo zampa y si ya se engordó mucho, pues lo gomita, y de vuelta con su tragadera. O sea que para que me entiendas el maldito capitalismo no tiene llenadero. Por eso yo le dije al gato-perro ése que para qué se va de cura a un seminario. Pero acaso obedece. ¿Usted cree que va a ser cura un gato-perro? No, ¿verdad?, ni por muchos goles, ni por mucho ojo amarillo. ¿Tú lo vas a dejar que te dé un casorio un gato-perro, manque tenga su ojo amarillo, ¿verdad que no? Por eso yo, cuando nos cásemos con mi marido nada de cura, sólo con el municipio autónomo y eso por el baile, que si no, ni eso. Nomás permisados para que no anden mal hablando. Solita yo y mi ése-como-se diga, y si no muy sirve el marido pues a volar cuervos que te sacarán los ojos. Así dice mi abuela, que ya está grande ya, pero bien que combatió el primero de enero de 1994. ¿No lo sabes qué pasó el primero de enero de 1994? Ah, pues luego te lo canto una canción que lo dice todo clarito. Ahorita no, porque de repente ya nos toca jugar y hay que estar listas. Pero para que no estés con pendiente te digo que ese día le dijimos a los pinches malditos malos gobiernos que ya estuvo bueno, que hasta aquí nomás, que ya basta de sus chingaderas. Y dice mi abuela que fue por las mujeres, que viera que por los pinches maridos, pues nada, que ahí estaríamos dando lástima, como los partidistas de por sí. Bueno, no lo tengo visto todavía quién para mi marido, porque luego son muy tarugos los hombres, vieras. Y ahora estoy todavía niña. Pero ya luego lo sé que mucho me van a mirar los pinches hombres, pero yo, seria, nada de que sí, nada de que no, nada de que no sé, o sea que me voy como quien dice a dar mi lugar y si el pinche marido se quiere pasar de rosca bueno, pues por eso estoy de defensa zapatista, ahí nomás le doy su zape y anda vete, que me respete como mujer zapatista que soy. Claro, no va a entender luego, así que varios zapes hasta que lo entienda la lucha de como mujeres que somos

El hombre ha seguido atento toda la perorata de la niña. No así el perrito de las costras de lodo, que a saber dónde anda. Ni el caballo tuerto que mastica con parsimonia un plástico herencia del alumnado de la escuelita. Con todo, el hombre no se ha reído, apenas si ha alcanzado a parpadear al mismo ritmo de su sorpresa.

Ya vamos a ser más“, anima la niña, “de repente dilata, pero sí vamos a ser más“.

El hombre tarda en comprender que ahora la niña se refiere a su equipo. ¿O no?

Pero la niña ahora estudia al hombre con mirada de cazatalentos, después de varios “mmh“, le suelta “Y vos, ¿cómo te llamas?“.

¿Yo?” dijo el hombre sabiendo que la niña no pedía el árbol genealógico, ni el escudo heráldico, sino una posición.

Después de recorrer mentalmente sus opciones, el hombre responde: “yo me llamo recoge balones“.

La niña se queda callada, valorando la utilidad de esa posición.

Después de pensarlo un rato, le dice al hombre, no para consolarlo, sino para que se dé cuenta de lo importante:

Recoge balones, no cualquiera, eh. Ahí tiene usted, si el balón se va para allá nomás, onde el acahual, olvídate, no hay quien quiera ir, porque está muy fiero ahí, mucha espina, mucha mostazilla, arañas, de repente hasta culebra. O de repente la pelota se va al arroyo y no fácil se pepena, porque el agua lo lleva, así que hay que correr para alcanzarlo, al balón. Así que recoge balones cuenta, vale pues. Sin recoge balones nomás no hay partido. Y si no hay partido, pues no hay fiesta, y si no hay fiesta pues no hay baile, y si no hay baile pues de balde me peino y de balde me pongo los prensapelos de colores, mira“, dice la niña y de su morraleta saca un montón de prendedores de muchos colores, tantos que ni los hay todavía.

Recoge balones no cualquiera“, le repite la niña al hombre mientras lo abraza, no para consolarlo, sino para que entienda que todo lo que vale la pena se hace en equipo, en colectivo, cada quién su tarea.

Yo sería, pero no. Mucho miedo me dan las arañas y las culebras. El otro día hasta soñé muy fiero por su culpa de una pinche culebra que topé en el potrero. Así nomás“, y extiende sus brazos tanto como puede.

El hombre sigue sonriendo.

El partido acaba, la niña no ha completado el equipo para retar y se ha quedado dormida en el suelo.

El hombre se levanta y le pone su chaqueta porque la tarde ya pardea y el fresco alivia la tierra. Tal vez hasta llueva.

Un miliciano está ahora regresando con las identificaciones que pidió la Junta de Buen Gobierno. El hombre espera su turno.

Por fin dicen su nombre y se acerca a recoger su pasaporte que tiene al frente un grabado que reza “República Oriental del Uruguay”. En su interior hay una foto de un varón con cara de “¿Qué diablos estoy haciendo aquí?” y a su lado se lee “Hughes Galeano, Eduardo Germán María”.

Oiga“, le pregunta el miliciano, “¿usted se puso Galeano de nombre de lucha por el compa sargento Galeano?“.

Sí, creo que sí“, responde el hombre mientras sostiene el pasaporte dudando.

Ah“, dice el miliciano, “de por sí eso pensé“.

Oiga y su tierra, ¿dónde mero queda?

El hombre mira al miliciano zapatista, mira el muro, mira a la gente dale y duro a la grieta, mira a los niños jugando y bailando, mira a la niña tratando de hablar con el perrito, con el caballo choco y con un animalito que bien podría ser un gato, o un perro, y dice resignado: “también aquí“.

Ah” dice el miliciano, “¿y usted a qué se dedica?

¿Yo?“, trata de responder el hombre mientras recoge su mochila.

Y de pronto, como si apenas acabara de entender todo, responde sonriendo “Yo soy recoge balones“.

El hombre ya está lejos y no alcanza a escuchar al miliciano zapatista que murmura con admiración: “Ah, recoge balones, no cualquiera“.

Ya en la formación, el miliciano le dice a otro: “Oí Galeano, que hoy conocí a un ciudadano que se puso tu nombre“.

El sargento Galeano sonríe, como de por sí, y replica “no hombre, ¿cómo crees?“.

De por sí“, dice el miliciano, “de dónde si no va a sacar ese nombre el señor ése“.

Ah“, dice el sargento de milicias y maestro de la escuelita Galeano, “¿y qué es lo que hace él?“, pregunta.

Es recoge balones“, dice el miliciano y se va corriendo para alcanzar pozol.

El sargento de milicias Galeano, recoge su cuaderno de apuntes y lo guarda en su morraleta mientras dice entre dientes: “Recoge balones, como si fuera tan fácil. Si no cualquiera es recoge balones. Para ser recoge balones se necesita mucho corazón, como de ser de zapatista, y para ser de zapatista no cualquiera, aunque eso sí, luego hay alguien que no sabe que es de zapatista… hasta que sabe“.

 -*-

Tal vez no me crean ustedes, pero esto que les cuento pasó hace apenas unos días, unas semanas, unos meses, unos años, unos siglos, cuando el sol de abril abofeteaba la tierra no para ofenderla, sino para que despertara.

-*-

Hermanas y hermanos familiares de los Ausentes de Ayotzinapa:

Su lucha es ya una grieta en el muro del sistema. No dejen que se cierre Ayotzinapa. Por esa grieta respiran no sólo sus hijos, también las miles de desaparecidas y desaparecidos que faltan en el mundo.

Para que esa grieta no se cierre, para que esa grieta se ahonde y se ensanche, tendrán ustedes en nosotros, nosotras, zapatistas, una lucha común: la que transforme el dolor en rabia, la rabia en rebeldía, y la rebeldía en mañana.

SupGaleano.

México, mayo 3 del 2015.

Palabras del Subcomandante Insurgente Moisés

Compañeras y compañeros zapatistas de los pueblos bases de apoyo del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

Compañeras, compañeroas y compañeros de la sexta nacional e internacional.

Hermanas y hermanos de México y del mundo.

Saludamos a la familia del compañero Luis Villoro.

Bienvenidos a la tierra rebelde que lucha y resiste en la tierra Zapatista.

Un honor al estar con nosotras y nosotros con las Bases de Apoyo Zapatistas de las 5 zonas.

Bienvenida la familia del compañero Maestro Zapatista Galeano.

Reciban nuestros abrazos, Compañeras y compañeros de la familia del compañero Galeano, al igual de la familia del compañero Luis Villoro.

Debemos darles y saber darles, honor a los que merecen tener nuestro honor por la misión cumplida de los compañeros Galeano y Luis Villoro.

Compañeros, compañeras y compañeroas, hermanos y hermanas, hoy estamos aquí, no para recordar, por la falta de su existencia física de los compañeros Galeano y Luis Villoro.

Venimos aquí, para recordar y a platicar, la lucha que hicieron, en sus vidas, en sus trabajos de lucha, sus resistencias de lucha que hicieron.

No venimos a recordar la muerte, sino lo que dejaron vivos, por sus vidas de lucha y de trabajo, que debemos hacer que sigan vivos esas vidas de lucha y trabajo que hicieron.

Somos nosotras y nosotros los que tenemos que hacer que vivan para siempre, los que dan la vida por un mundo nuevo, construido por los pueblo.

No estamos aquí para poner un estatua.

No va a dar vida una estatua, no va a dar vida un museo, no hablan.

Los que hablamos somos nosotras y nosotros, somos los que tenemos que hacer que vivan y así por generaciones habrá estatua y museo en nuestros corazones y no simplemente un símbolo.

Nos dio gusto y alegría que nos platicaron más de su vida de lucha del compañero zapatista Don Luis Villoro, que en otras partes lo conocen de teórico y aquí lo conocemos de práctico, que en otras partes lo conocen de filósofo y aquí lo conocemos de zapatista.

A quienes estuvieron en su lado de lucha y de trabajo, los que trabajaron con él les damos gracias porque nos platicaron más de él, de sus otros pedazos de vida.

Así nosotras y nosotros como zapatistas les platicamos de otro pedazo.

Por ejemplo del compañero Luis Villoro, gracias a él, y otras personas como él, hay casas de clínicas y casas para escuela para la educación Zapatista.

Es de su esfuerzo, su trabajo.

Pero no bastó ahí eso, se necesitó gente que construya, como el compa Galeano y luego gente que trabaje para que sea promotora y se eche a andar lo que sueña una, uno, y luego organizar lo de los alumnos y alumnas.

Y eso fue eso el compañero Galeano, la construyó y lo trabajó y lo echó a andar.

Así estamos organizados los pueblos Zapatistas.

Así llego ser maestro el compa Galeano, gracias a la ayuda del compa Luis Villoro y otras y otros como él.

Nos respetó y lo respetamos, nos trató de igual a igual, nos creyó y lo creímos, llegamos a estar trabajando en una misma construcción, sin que nos vimos físicamente, o sea se puede construir las cosas, sin que él o ella está ahí personalmente.

Así fue, por ejemplo, que la Sexta en el mundo trabajó en la construcción de la escuela y clínica en La Realidad zapatista que sobre la sangre de nuestro compañero Galeano.

No se conocieron los compas Luis Villoro y Galeano, y como quiera estuvieron juntos construyendo una misma libertad.

Del compa Galeano también lo escuchamos partes de su vida de lucha.

Primero decidió luchar, y luego tuvo apoyo, luego a organizar para la construcción, y luego organizar quienes van a hacer el trabajo de promotores, por ultimo ver de los alumnas y alumnos.

Esto requiere organización.

Porque el compa Galeano, fue y es miliciano, mando de milicia cabo y luego sargento. Representante Regional del grupo juvenil, miembro de los MAREZ, Municipio Autónomo Rebelde Zapatista, maestro de escuelita Zapatista y estaba elegido para ser miembro de la Junta de Buen Gobierno.

Esto quiere ORGANIZACIÓN.

De ahí practicó y después pudo ser maestro y fue a dar clase de lo practicado a muchas partes del mundo con el curso de “La libertad según las zapatistas y los zapatistas”.

Porque se necesita organizarse para poder LIBERARSE del sistema capitalista.

Porque sólo el pueblo se va a liberarse, nadie le va dar su libertad, no un líder de hombre o mujer va dar la libertad.

Porque los capitalistas no van a renunciar o se van a arrepentirse y dejar de explotar al pueblo.

Porque no se va a poder humanizar el sistema capitalista.

Para acabar con ese sistema, hay que destruirlo, para eso hay que organizarse.

Y el compa Luis Villoro, lo vio que así están haciendo los zapatistas, no dudó en acompañar, en luchar, en trabajar y en apoyar la lucha y la organización en que representó en su vida al compa Galeano.

Ojala allá más Luises y Luisas y Luisoas Villoros, Villoras y Villoroas.

No se acaba uno de organizarse, porque se necesita organización para la construcción y organizase para vigilar lo que ya construiste y así se va, la de que hay que estar organizados.

Para que ya no vuelva la explotación del mismo ser vivo de personas, como ahora explotan a hombres y mujeres y a quienes no son hombres ni mujeres.

Para que el pueblo toma de la mano su gobernarse en sí mismos.

Esto quiere organización. Organización es pueblos, mujeres, hombres y otroas.

Y ya que hemos escuchados las palabras que nos han dicho, queremos decirles esto:

Hay quienes piensan que somos una organización de indígenas ó de mexicanas y mexicanos, pero No.

Somos una organización de zapatistas, indígenas y no indígenas, justo como acabamos de ver aquí, que estamos homenajeando a 2 compañeros zapatistas.

Estamos en México porque aquí nos tocó, es nuestra geografía.

Así como a quienes luchan por la libertad del pueblo Kurdo les tocó donde les tocó.

Así como a cada quien le toca donde le toca. Como lucha la Sexta en México y el mundo que le toca donde le toca.

Por eso decimos de la geografía de cada quien, el rincón del mundo donde cada quien se levanta, se rebela y se lucha por su libertad, por la libertad.

Aquí lo que se necesita es tener claro cómo es ser zapatistas,

Ser de zapatista es estar bien decidido, decidida, decidoa, bien puesto y puesta y puestoa.

Porque no es de presumirse, sino de trabajar, organizar y luchar silenciosamente hasta llegar con las últimas consecuencias, es decir, teoría y práctica.

No es ser zapatista ponerse un pasamontaña y ya, sino es organizarse y destruir el sistema capitalista.

No es ser zapatista decir con palabra “soy zapatista”, sino es decidirse hasta la muerte luchando.

No es ser zapatista hablar del zapatismo, sino es estar trabajando colectivamente con los pueblos organizados.

No es ser zapatista estar cuando está en moda como nos dicen, y ya no estar cuando se está sufriendo por el ataque del mal sistema, del mal gobierno.

No es ser zapatista, ponerse uniforme, disfrazarse decimos, para ir a entregarse con el mal gobierno, porque el zapatista no se rinde.

No es ser zapatista decir que yo soy comandante del ezln y hacer que se está dialogando por paga y proyectos con el mal gobierno, porque el zapatista no se vende.

No es ser zapatista buscar y llegar a ponerse bajo los que quieren cargo y paga y que luchan sólo cada 6 años o cada tanto que se pone el mercado de cargos.

El zapatista lucha por un cambio total y lucha toda su vida y no claudica. O sea no cambia su pensamiento según la moda o según convenga o según qué color es más bonito en el mercado.

No es ser zapatista estar en 2 lados, partidista y zapatista. Porque el partidista quiere que cambie el color del que manda. En cambio el zapatista quiere cambiar todo el sistema, no una parte, sino que todo. Y que en el pueblo mande y nadie lo mande.

No es ser zapatista que nunca se tiene miedo. Sí se tiene a veces, pero se controla y se sigue en la lucha.

No es ser zapatista tener mucha rabia y no se organiza, sino se tiene que organizarse y con mucha dignidad.

¿Quién dice cuando vas a ser zapatista? Los pueblos.

¿Quién dice como es ser zapatista? Los pueblos.

¿Quién dice hasta cuando deja de ser zapatista?

No hay quien dice “ya acabaste”, sino que tienes que seguir hasta que mueras cumpliendo el sagrado deber de liberar al pueblo explotado, y aunque sea ya en la muerte se sigue luchando.

Por eso es que hacemos este homenaje, para recordarnos y recordarles que, aunque venga la muerte a tratar de olvidarnos, seguimos vivos en los pueblos, en la lucha, para la lucha y por la lucha de pueblos y así sigue la vida y gana, y se acaba la muerte y pierde.

Gracias.

Subcomandante Insurgente Moisés.
México, Mayo del 2015.

Maestro Zapatista Galeano: Apuntes de una vida.

Maestro Zapatista Galeano: Apuntes de una vida.

2 de Mayo del 2015.

Compañeros y compañeras del Ejército Zapatista de Liberación Nacional:

Compañeroas, compañeras, compañeros de la Sexta:

Personas que nos visitan:

Me toca ahora hablarlo al compañero maestro zapatista Galeano.

Hablarlo para que en la palabra viva. Hablárselos para que tal vez así entiendan nuestra rabia.

Y decimos “maestro zapatista Galeano” porque ése era el puesto o la posición o el trabajo que tenía el compañero cuando fue asesinado.

Para nosotros, nosotras, zapatistas, el compañero maestro Galeano sintetiza toda una generación anónima en el zapatismo. Anónima para afuera, pero protagonista fundamental en el alzamiento y en estos más de 20 años de rebeldía y resistencia.

La generación que, siendo joven, estuvo en las llamadas organizaciones sociales y conoció la corrupción y falsedad que nutre a sus dirigentes, se preparó en la clandestinidad, se alzó en armas contra el supremo gobierno, resistió a nuestro lado traiciones y persecuciones, y orientó la resistencia de la generación que hoy asume los cargos en las comunidades indígenas.

La muerte violenta, absurda, implacable, cruel, injusta lo alcanzó con el cargo de maestro.

Un poco después y lo hubiera alcanzado como autoridad autónoma.

Algún tiempo antes lo hubiera tocado como orientador.

Antes de eso, hubiera la muerte matado al miliciano.

Muchas lunas antes el muerto hubiera sido un joven que sabía lo suficiente y necesario sobre el sistema, y buscaba, como muchas, muchos, muchoas todavía, el modo mejor de desafiarlo.

Hace un año un trío de periodistas de paga, adocenados por el gobierno del Ario Velasco y su podrida corte, levantaron una mentira en torno a su asesinato.

Quien tomó las fotos lastimeras de los supuestos golpes cuidadosamente vendados de los asesinos, como premio fue a pasear a Nueva York otras fotos mercenarias.

Quienes tragaron sin reparo la mierda gubernamental y la difundieron en primera plana, ahora tienen eco en quienes maquillan la noticia y presentan su asesinato como producto de un enfrentamiento.

Quienes callaron cómplices por conveniencia financiera o cálculo político siguen simulando que hacen periodismo y no publicidad mal disimulada.

No muchos días antes de este que nos convoca, leímos en la prensa de paga que la “heroica”, “abnegada”, “profesional” e “impoluta” policía del Distrito Federal, en México, tuvo un “enfrentamiento”, así dijeron, con un grupo de personas invidentes. Los malvados ciegos arremetieron con sus “armas”, sus bastones, a los pobres policías que no hacían sino cumplir su deber y tuvieron que responder con golpes de tolete y escudo para hacer ver, a los sin vista, que la ley es la ley para los de abajo, y para arriba no es.

Y también hace poco, y con motivo de esas especulaciones de temporada que suelen azotar no sólo al gremio periodístico, también a las redes sociales, cuando hablar de algo es ocultar que no se tiene nada importante qué decir o informar, una periodista, de ésas que alegan “profesionalismo” y “objetividad”, escribía sobre la muerte del hermano en lucha y recogedor de lluvias, Eduardo Galeano, y suponía una liga falsa entre el Galeano escritor y el Galeano maestro, miliciano y zapatista.

Al hacer referencia al compañero zapatista Galeano, la periodista de paga insistía en que había muerto en un enfrentamiento y remitía a las fotos de su colega turista en Nueva York.

Señalo que es una periodista no por misoginia, sino por lo siguiente: como ya es común en los medios de comunicación, tan común que a veces ni nota alcanzan, los asesinatos de mujeres son también maquillados de modo que son “muertas” y no “asesinadas”.

Tomemos un caso cualquiera, un hogar o una calle cualquiera, una geografía cualquiera, un calendario cualquiera: hay una discusión, una pelea, o ni siquiera eso, sólo porque sí, porque él manda, el hombre agrede a la mujer, la mujer se defiende y alcanza a rasguñar al hombre, el hombre la asesina a golpes, a puñaladas, a balazos, a desprecio. El hombre es atendido y los arañazos curados y vendados.

Sobre este hecho, la periodista, “profesional y objetiva” como dice ser, hará la siguiente nota: “una mujer murió en un enfrentamiento con su pareja, el hombre presenta heridas producto de la pelea. Se adjuntan fotos del pobre hombre herido, después de ser atendido en los servicios médicos. La familia de la mujer agresora se negó a que fuera fotografiado su cuerpo”. Fin de la nota y a cobrar.

Así son las notas periodísticas de hoy: ciegos armados con bastones se enfrentan contra policías armados con escudos, toletes y gases lacrimógenos. Mujeres armadas con sus uñas se enfrentan contra hombres armados con cuchillos, garrotes, pistolas, penes. Éstos son los “enfrentamientos” de los que se da cuenta en unos medios de paga, aunque algunos se disfracen de medios libres, como algunos que se registraron así, pensando que no los conocíamos y no los íbamos a dejar pasar si eran de paga. Pero los conocemos y aquí están “cubriendo” este acto.

El compañero maestro zapatista Galeano no murió en un enfrentamiento. Fue secuestrado, torturado, desangrado, apaleado, macheteado, asesinado y rematado. Sus agresores tenían armas de fuego, él no. Sus agresores eran varios y varias, él estaba solo.

La periodista “profesional y objetiva” reclamará las fotos y la autopsia, y no tendrá ni las unas ni la otra. Porque si ella no se respeta y no respeta su trabajo, y por eso escribe lo que escribe sin que nadie se lo cuestione y además cobrando por ello; nosotras, nosotros, zapatistas, sí respetamos a nuestros muertos.

Hace más de 20 años, en la batalla de Ocosingo, que duró 4 días, combatientes zapatistas fueron ejecutados por los federales después de ser heridos en combate. Las armas de fuego de los zapatistas fueron suplantadas por armas de palo. La prensa fue entonces llamada a desquitar la paga bajo la vigilancia de las tropas gubernamentales. Se tejió así la patraña, repetida hasta el vómito hasta nuestros días, de que las tropas del EZLN salieron con armas de madera a enfrentar al mal gobierno. Claro, el pequeño problema es que alguien tomó las fotos cuando los zapatistas caídos no tenían nada a su lado. Y luego las contrastó con las presentadas por la prensa oficialista. Mucho dinero se pagó para que las fotos que retrataban la realidad no fueran difundidas.

Ahora, en los tiempos modernos de crisis económica de los medios de comunicación de paga, un arte, la fotografía periodística, se ha convertido en una mercancía mal pagada que a veces sólo alcanza a provocar náuseas.

No voy a detallar todas y cada una de las heridas sufridas por el compañero Galeano, ni a presentarles fotos de su cadáver mancillado. No voy a reseñar el cinismo narrativo con el que sus asesinos detallaron el crimen como quien cuenta una hazaña.

Tiempo habrá de pasar. Las confesiones de los verdugos serán conocidas. Se sabrán con detalle las torturas, los festejos que hacían con cada gota de sangre, la borrachera de la muerte cruel, la euforia posterior, la cruda moral y etílica de los siguientes días, la culpa persiguiéndolos, la justicia alcanzándolos.

El compañero maestro zapatista Galeano será recordado por las comunidades zapatistas, sin bulla, sin primeras planas. Su vida, y no su muerte, será alegría en nuestra lucha por generaciones. Cientos de niños tojolabales, tzeltales, tzotziles, choles, zoques, mames y mestizos llevarán su nombre. Y no faltará la niña que se llame “Galeana”.

Los 3 miembros de la decadente nobleza mediática, quienes llamaron a la guerra con la difusión de una mentira, quienes callaron con cobardía, y la periodista “profesional y objetiva”, seguirán siendo mediocres, mediocres vivirán, mediocres morirán, y la historia seguirá su curso sin que nadie los eche de menos.

Y sólo para terminar de una buena vez con suposiciones tontas, el compañero maestro zapatista Galeano no toma ese nombre del incansable recogedor de la palabra de abajo que fue Eduardo Galeano. Esa liga fue un invento de los medios.

Aunque suene absurdo, el compañero toma su nombre de lucha del insurgente Hermenegildo Galeana, por cierto originario de Tecpan, en el ahora estado de Guerrero, y que llegó a ser lugarteniente del jefe independentista José María Morelos y Pavón. Hermenegildo Galeana estaba con las tropas insurgentes cuando, el 2 de mayo de 1812, rompen el sitio que el ejército realista mantenía sobre Cuautla, derrotando a su paso a las tropas del general Félix María Calleja. La resistencia insurgente escribió entonces una página brillante en la historia militar.

Es frecuente en los pueblos zapatistas que hombres y mujeres apliquen los géneros a su muy particular entender. Así, por ejemplo, el mapa es “la” mapa. Lo que hizo el compañero fue “masculinizar” el apellido Galeana y lo convirtió en Galeano. Esto fue años antes de que saliéramos a la luz pública.

-*-

No voy a decir mucho más sobre el compañero maestro zapatista Galeano.

Ya lo harán más y mejor sus familiares y compañeros y compañeras que hoy nos honran con su presencia, lo mismo que lo hará el compañero Subcomandante Insurgente Moisés.

A mí me duele todavía mucho su ausencia.

Sigo todavía sin poder explicarme la crueldad con la que se ensañaron contra él, queriendo matarlo con armas y con notas periodísticas.

Sigo sin entender el silencio cómplice y el desapego de quienes fueron levantados y ayudados por su generosidad, y luego le dieron la espalda a su muerte después de haber usado su vida.

Por eso creo que, puesto que es su vida la que levantamos, es mejor que sea el compañero Galeano quien les hable.

Los siguientes fragmentos que les leeré provienen del cuaderno de apuntes del compañero Galeano. El cuaderno. con éstos y otros escritos, fue entregado a la Comandancia General del EZLN por la familia del compañero que nos hace falta hoy.

Se supone que se empieza a escribir en el año 2005 y los últimos escritos son del año 2012.

Va:

“Para todos los que lean esta brillante historia y para que algún día mis hijos y mis compañeros no digan se esfumó.

Escribo mis acciones y pasos en la lucha, pero también soy crítico porque también conocerán mis errores para no caer en ellos. Pero eso no quiere decir que no soy un compañero.

Bueno voy a empezar desde mi vida joven y civil antes.

Cuando yo tenía como 15 años yo siempre participé en trabajos y acciones de una organización llamada “Unión de Ejidos de la Selva”.

También sabía yo que estaba explotado porque el peso de la pobreza que caía sobre mis quemados hombros bastaba para darme cuenta de que la explotación aún existía, y que algún día aparecería alguien para levantarnos y mostrarnos el camino, para guiarnos.

Bueno, como les dije en el principio participé en un recorrido que hicimos (número ilegible) indígenas para tratar de intercambiar ideas de trabajos productivos. Así se llamó ese programa que hicieron según nuestros asesores de esa llamada Unión, en la que nosotros militábamos.

Bueno, para mí me sirvió para aprender muchas cosas. En primer lugar me di cuenta cómo nos trataron de engañarnos esos mentados asesores Juárez y Jaime Valencia entre otros. Fuimos hasta Oaxaca, a un lugar donde también existen compañeros indígenas como nosotros, y que también tenían una organización llamada X dirigidos por un sacerdote que estaba con ellos. Pero también están en la misma situación de opresión que nosotros.

Bueno, total que recorrimos varias ciudades del país. Fue allí donde me di cuenta cuánta gente mendiga por las calles, sin techo y sin tener qué comer. De veras nació en mí que eso debería ser nuestro objetivo de intercambiar ideas para tratar y ver cómo exigir una vida digna para todos los que vivimos en condiciones de pobreza humillante, por culpa de los gobiernos.

También me di cuenta de algo que me disgustó y nunca más volví a depender de esos mentirosos y mañosos hombres que aparentan estar con los de abajo. Ellos hacían todos estos movimientos para enriquecerse a costillas de nosotros, los pendejos de esos tiempos que creíamos en su mañosa y falsa idea.

¿Por qué digo esto? Pues ya verán cómo estaba la cosa. Resulta que ellos promovían programas de gobierno para engañarnos, y luego nosotros engañar a nuestra gente de nuestras comunidades. En ese recorrido, el gobierno dio un apoyo de 7 millones de pesos, que en ese tiempo eran un gran dineral porque se hablaba de miles y no ahora que se habla de pesos. En ese entonces nos dijeron que el gobierno había dado 7 mil millones, pero que no nos lo iban a dar todo, nada más 3 millones y el resto iba a servir para los siguientes recorridos, y nunca más supimos dónde se fue ese dinero.

Claro, no nos informaron, pero ese dinero les quedó a los mentados asesores, y mientras nosotros comíamos totopo con un pequeño pedazo de queso, allá en Oaxaca, y dormíamos en el corredor de la presidencia de Ixtepec, Oaxaca, ¿Y ellos dónde estaban? Pues verán ustedes, ellos dormían en buenos hoteles y comían en buenos restaurantes. Y así regresamos para Chiapas.

Llegamos en el Puerto Arista. Allí se compraron cajas de cerveza para acabar de amolar. Cuando se terminó disque los 3 millones que tenían los nombrados para llevar los gastos. Nos dijeron que íbamos a tener que comer galletas y refrescos porque ya no había dinero. Pero yo sabía que no era cierto, que los representantes en llevar la cuenta nos hacían creer que todo había terminado, pero es que ellos ya habían hecho un acuerdo con esos weyes asesores. Y yo les dije que se hicieran un recuento para ver si era cierto que se había acabado ese dinero. Pero no se aceptó mi propuesta y lo que pasó es que me dijeron que ahí se había terminado el recorrido en Motozintla. Me dieron 40 mil pesos (de entonces) para regresarme a mi casa, porque ya habían hecho la cuenta que era lo que iba yo a gastar en pasajes hasta Margaritas y luego para La Realidad, que yo viera cómo hacerle. Estuvo cabrón, 40 mil pesos de los viejos que Salinas convirtió hasta hoy en día en 40 pesos nuevos. Y así regresé a mi pueblo todo triste y encabronado a la vez.

Fue cuando en el 89, conocí a un verdadero asesor, a un hombre que se hacía pasar como un humilde chambeador vendedor de loros. Él y yo ya casi éramos amigos, pero a pesar de que ya nos conocíamos, nunca me había dicho quién era y que era lo que realmente quería y hacía. Muchas veces nos encontramos en el Cerro Quemado, platicábamos y yo veía que llevaba mochila pinta, como le llamamos nosotros, y envueltas llevaba sus herramientas de trabajo. Eso era lo que mi amigo me decía. A cuántas gentes como yo sabían el cuento de mi amigo sin saber la realidad, que estaba por verse cuántas mentiras decía mi amigo en aquel tiempo. Mentiras para hacer verdad, mentiras para hacer Realidad, mentiras verdaderas. Era mi cuate, yo tan torpe que no entendía lo que estaba pasando.

Hasta que un día me topé nuevamente con mi amigo, pero esta vez ya no estaba vestido de humilde chambeador, y ni cargaba mochila pinta y tampoco llevaba jaula de loros.

¿Qué era lo que llevaba entonces? Verán, pues allí estaba mi amigo, mi cuate, todo de negro y café, con mochila y zapatos, y un arma en los hombros. Resulta que mi amigo era un valiente guerrillero y soldado del pueblo. Me quedé sorprendido, y me regresé todo triste y aún sin comprender lo que allí está pasando.

Eso fue mi error, no entender rápido lo que aquel hombre quería.

Fue entonces cuando él supo que yo ya lo había descubierto, y me mandaron llamar en la casa de seguridad junto con mis padres y mis hermanos. Pero fue que mi padre no quiso entrarle luego y mis hermanos también, pero yo ya no tenía más qué hacer y decir. Fue así que le entré de lleno a la organización. Me llevaron para entrenar. En ese entonces casi todos ya eran zapatistas. Nos fuimos a entrenar. Luego me asignan el grado de cabo y así hasta que entraron todos mis familiares.

Hasta que se llegó el día que supe quién era y cómo se llamaba mi mentiroso verdadero amigo: era en ese entonces el Capitán Insurgente Z. Allí estaba ese hombre que tuvo que recorrer todos los pueblos indios de Chiapas, todas sus montañas, ríos y cañadas. Caminaba de noche como guerrillero; de día como el más humilde buscador de trabajo, y sembrando paso a paso la semilla de la libertad hasta que creció y dio frutos.

Qué grande fue su sufrimiento, pero qué lindos frutos cosechó y se llevó. Y se ganó con orgullo el grado de Mayor por su inteligencia y valiente acción y preparación.

Pero no sólo él estaba, había otro gran y valiente hombre e inolvidable revolucionario en la historia de nuestra clandestinidad, el llamado y querido Subcomandante Insurgente Pedro, “el Tío”, llamado así respetuosamente por todos los compañeros de nuestra lucha. Querido por todos porque era un verdadero ejemplar que compartió su sabiduría revolucionaria. Fue un verdadero maestro en disciplina y compañerismo.

Ejemplar porque él decía que él saldría al frente en los combates, y si era necesario morir por nuestro pueblo, lo haría.

El día 28 de diciembre (del año 1993) me dijo el compañero Sup I. Pedro, te vas para Margaritas para comprar gasolina y unas baterías que nos hacen falta, dile al compañero Alfredo que lleve “el Amigo”, o sea el carro de la comunidad, pero no le digas que va a empezar la guerra. Y yo me fui. Cooperamos maíz desgranado para disimular con el chofer, porque era de emergencia la salida y así no sospechara lo que estaba por verse. Pero él ya sabía, pero como chisme, que la guerra iba a empezar, y preguntaba, pero yo no le conté nada, ésa era la orden, y cumplí a pesar de que era mi compadre. Ni a mis padres informé de lo que iba a pasar, porque ellos ya vivían en Margaritas. Caminamos viajando toda la noche y todo el día.

El 29 (de diciembre de 1993) regresamos como a las 4 de la tarde nuevamente en la Realidad. Yo había cumplido mi primera misión. Me reporté y me dijo: “prepárate porque nos vamos a pelear, en media hora tendremos a los policías de Margaritas rendidos”. Y allí se quedó por siempre grabado. Así otras hazañas del Sup C. I. Pedro.

Y permanece hasta la fecha el día 30 (de diciembre de 1993) salida a Margaritas. También hubo muchos accidentes en el camino. Fue increíble el avance de nuestras tropas. Sin que el enemigo se diera cuenta, avanzábamos como fantasmas en medio de la oscura noche, sólo iluminada por los faros de los carros y autobuses zapatistas.

Antes de Las Margaritas hay un lugar, antes de Zaragoza. Cerca ya de ese poblado se repartió cada uno con su trabajo revolucionario: primer grupo, tomar la presidencia; segundo grupo, tomar y retén de la carretera Margaritas- Comitán; tercer grupo, tomar y retén de la carretera San José Las Palmas-Altamirano; cuarto grupo, carretera Independencia-Margaritas; quinto grupo, tomar la radio Margaritas.

Esto fue en la madrugada de aquel glorioso día 1 de enero, cuando ya no éramos fantasmas salidos de la noche, ya éramos el EZLN a la luz del mundo. Todos nos veían con asombro y con respeto por nuestra valiente acción.

Fue así cuando el Sup C. I. Pedro cae en combate con los policías. Murió como todo un gran valiente, matando a varios policías. Él solo los enfrentó. Fue tanta su rabia contra los asesinos del pueblo que no le importó su vida, y con eso había cumplido con lo que había dicho: morir por el pueblo o vivir por la patria.

Cuál fue mi sorpresa cuando nos avisaron que había caído nuestro querido jefe. Un dolor tan grande sentí, pero él había cumplido su misión, y también había acomodado bien la sucesión de mando. Porque él sabía que iba a pelear y que de por sí en una guerra pueden pasar este tipo de cosas.

Fue cuando toma el mando y otra vez se ve la acción de este valiente guerrillero, mi amigo el Mayor Insurgente Z. Así que nuestras misiones, a pesar de la dolorosa caída de nuestro gran jefe, ya era dirigida por el Mayor I. Z. Un grupo fue y tomó la finca del general Absalón Castellanos Domínguez y fue tomado prisionero y traído preso hasta las montañas, para después hacerle un juicio por todos los crímenes cometidos durante su gobierno, pues él era el autor intelectual de los mismos. A pesar de todo lo que cargaba, de lo culpable y de ser un asesino de tantos niños, mujeres y ancianos en Wololchán, se le respetan sus derechos como prisionero de guerra. En ningún motivo se le torturó. Al contrario, lo que comía la tropa, se le daba también a él. Es así como nuestro camarada demostró una vez más su educación y buen trabajo militar que obtuvo durante su clandestinidad. El respeto por las vidas de los que caen prisioneros en una guerra debe ser respetado. Y se recuerda a todos los que leen nuestra historia que el respeto se gana respetando a los de abajo, pero también a los de arriba pero si muestran respeto hacia los de abajo. Gracias. Morir para vivir. Galeano.”

(sigue)

“En Las Margaritas me tocó hacer retén en la carretera Margaritas San José las Palmas. De allí nos trasladamos para la carretera Margaritas-Comitán. Allí estuvimos el día 1 de enero toda la noche hasta que llegó otra orden de ir para tomar el almacén de la Conasupo que estaba en Espíritu Santo. Fuimos con otros compañeros insurgentes para sacar cosas para que comieran las tropas. Luego se dio la orden de retirada a las montañas y nos venimos y nos posicionamos en Guadalupe Tepeyac, Luego hicimos emboscada de La Realidad al kilómetro 90 Cerro Quemado, luego me mandan a recuperar un vehículo de 3 toneladas que era de un cabrón llamado J de Guadalupe Los Altos.

Yo no sabía manejar bien. Sólo tenía la teoría de cómo manejar un vehículo, y fue donde pasé en práctica y empecé a mover el vehículo. Llegué a La Realidad con pura primera. Ya me estaban esperando, la compañera capitán L y varios insurgentes más y me dijeron “Vamos Galeano”, pero yo le dije “yo no he manejado y mucho menos cargado.

Morir para vivir. Galeano.” (entre 2005 y 2009)

(sigue)

“No importa, en la guerra todo se vale”, me respondió la compañera y nos fuimos, pero allá adelante de Cerro Quemado, yo había agarrado confianza, empecé a correr más ligero, pero en una curva giré demasiado el volante y que me salgo de la carretera entrando en el acahual como 15 metros de la carretera. Pero bueno, lo saqué como pude y seguí para cumplir con la misión.

Desde ese día empecé a manejar todos los días, hasta que un día nos vio el helicóptero y me ametralló. Tardó como 10 o 20 minutos disparándome, pero yo ya estaba bien parapetado debajo de una piedra. Sólo el polvo y olor de piedra y pólvora llegaba hasta donde estaba yo. Y hasta que el fuego cesó y el helicóptero se retiró, salí de mi escondite y seguí con mi misión. La misión era ir por los milicianos que estaban por Momón. Fui y regresé junto con mi amigo y jefe militar el compañero Mayor Insurgente Z. Siempre estuvimos juntos los días de guerra, aún cuando hubo el cese al fuego.

En los trabajos del primer Aguascalientes en Guadalupe Tepeyac, participé en la revisión de la gente que vino en la Convención Nacional Democrática. Me entrenaron para escolta, fui escolta de nuestros mandos.

Luego, el día de la traición de Zedillo, fuimos el 9 de febrero a obstaculizar la carretera en el Cerro Quemado. Ya el ejército estaba en Guadalupe Tepeyac. Aún así avanzamos en la oscuridad y trabajamos haciendo zanjas y derribamos árboles para evitar el paso del ejército federal a La Realidad.

Luego nos retiramos a las montañas por varios días, hasta que, nuevamente, el pueblo de México y el mundo se movilizó y frenó la persecución de nuestros compañeros mandos y tropas del EZLN. Después de varios días y noches estando acampados en las montañas, regresamos a nuestros pueblos.

Participé en todos los encuentros que nuestra organización organizó. Estuve de escolta de nuestros jefes militares. Participé en la marcha de los 1,111 zapatistas a la ciudad de México.

En todas las marchas siempre viajé orgullosamente como chofer del “conejo”, del “tata”, del “chocolate”. Siempre llevando a nuestros compañeros en las marchas para exigir nuestras demandas. Cuando se rajaron todos los sargentos, me quedé y me dan el grado de sargento. Participé como regional de grupos juveniles en la clandestinidad y en tiempos de guerra. De una y mil maneras le hemos hecho la guerra al enemigo, aunque también el mal gobierno ha hecho lo mismo.

Pero debemos valorar los grandes caminos que hemos recorrido sin importar los sacrificios y privaciones. Eso nos ha hecho más fuertes y me mantiene en el camino de la lucha, hasta conseguir la libertad que nuestro pueblo necesita. Falta mucho que recorrer, porque de por sí es largo y difícil, quizás cerca, quizás lejos, pero triunfaremos.

Luego se formaron las Juntas de Buen Gobierno, y me eligieron como chofer del primer camión que obtuvo la JBG. Se llamaba “el Diablo”. Luego me secuestraron junto con otro compañero y también nos llevaron amarrados dentro del mismo camión por la CIOAC-Histórica. Me tuvieron amarrado varias horas y luego me trasladaron a una cárcel de Saltillo. Y luego me trasladan a Justo Sierra y me mantuvieron sin comer, amarrado, sin comunicación. Querían que yo exigiera la liberación de un delincuente, pero yo no aceptaba ser intercambiado porque yo era inocente y él era un ladrón de esos que siempre abundan en las organizaciones sociales.

Estuve cautivo 9 días hasta que se dieron cuenta que se estaban metiendo en problemas con derechos humanos y con el EZLN. Y por fin liberan al camión después de 3 meses que lo tuvieron. Y luego se le cambió el nombre (al camión), se le puso “El Secuestrado Histórico”. Desde entonces empiezan los trabajos de las JBG y la autonomía. Morir para vivir. Galeano”. (24 enero 2012)”

Ésta es la última fecha que aparece en su cuaderno. Junto a esa breve autobiografía, hay un par de poemas, probablemente de su autoría, y algunas canciones de amor y esas cosas.

Por mi parte, sólo me queda agregar que el compañero maestro zapatista Galeano era como es cualquiera de las compañeras y compañeros zapatistas, alguien por quien bien valía la pena morir para hacerlo renacer de nuevo.

Al terminar estas líneas, tal vez haya respuesta a una cuestión latente. Una pregunta sembrada en mitad de la historia que no se escribe con palabras:

¿Qué o quién hizo posible que en un espacio de lucha confluyeran el filósofo zapatista y el indígena zapatista?

¿Cómo fue que sin dejar de ser maestro, el filósofo se hiciera zapatista, y que el indígena, sin dejar de ser zapatista, se hiciera maestro?

Algo pasa en el mundo que hace posible éste y otros absurdos.

¿Por qué, para vivir, el uno hereda a los suyos una escondida pieza del rompecabezas de su historia?

¿Por qué, para no irse, el otro nos deja en letras su mirada vuelta hacia sí mismo y a su historia con nosotras, nosotros, zapatistas?

Esto es lo que tratamos de responder todos los días, a todas horas, en todos los rincones.

Ahora, casi al poner el punto final a estas palabras, se me ocurre que la respuesta, o al menos una parte de ella, está sentada en esa mesa, está en quienes están atrás y frente mío, está en los mundos que al nuestro se asoman por la lucha de quienes, con secreto orgullo, se autodenominan zapatistas, profesionales de la esperanza, transgresores de la ley de gravedad, personas que sin aspavientos en cada paso se dicen y dicen: PARA VIVIR MORIMOS.

Desde las montañas del Sureste Mexicano.

Subcomandante Insurgente Galeano.
México, Mayo 2 del 2015.

Luis el Zapatista

EJÉRCITO ZAPATISTA DE LIBERACIÓN NACIONAL.
MÉXICO,

2 de mayo del 2015.

Introducción.

Buenas tardes, días, noches tengan quienes escuchan y quienes leen, sin importar sus calendarios y geografías.

Las que ahora se harán públicas, son las palabras que el finado Subcomandante Insurgente Marcos había preparado para el homenaje a Don Luis Villoro Toranzo, mismo que se realizaría en Junio del 2014.

Suponía él que estarían presentes familiares de Don Luis, particularmente su hijo, Juan Villoro Ruiz, y su compañera, Fernanda Sylvia Navarro y Solares.

Días antes de que se celebrara el homenaje, fue asesinado nuestro compañero Galeano, maestro y autoridad autónoma, quien formó y forma parte de una generación de mujeres y hombres indígenas zapatistas que se forjó en la clandestinidad de la preparación, en el alzamiento, en la resistencia y en la rebeldía.

El dolor y la rabia que sentimos entonces y ahora se sumaron, en ese mayo de hace un año, al lamento por la muerte de Don Luis.

Se dieron así una serie de eventos, uno de los cuales fue la decisión de dar muerte a quien fuera hasta entonces el vocero y jefe militar del EZLN. La defunción del SupMarcos se concretó la madrugada del 25 de mayo del 2014.

Entre los pendientes, como decimos nosotros, nosotras, zapatistas, que dejó el finado supmarcos está un libro sobre política, comprometido con Don Pablo González Casanova a cambio de una caja de galletas pancrema, una serie de textos y dibujos inclasificables (varios de ellos se remontan a sus primeros días como insurgente del EZLN), y el texto de homenaje a Don Luis Villoro al que daré lectura en unos momentos.

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Cuando, en la comandancia general del EZLN, con el subcomandante insurgente Moisés platicábamos sobre lo que sería este día antes y hoy, nos dábamos cuenta de que, al hacer el balance de una vida, juntábamos pedazos que no alcanzaban nunca a completarse.

Que siempre quedábamos con una imagen inconclusa, rota. Que lo que tenemos y teníamos, nos urgía a buscar y encontrar lo que faltaba.

“Falta lo que falta”, decimos obstinadamente las zapatistas, los zapatistas.

No con resignación, nunca con conformismo.

Sí para recordarnos que no está cabal la historia, que le faltan piezas, nombres, fechas, lugares, calendarios y geografías, vidas.

Que muertes y ausencias tenemos muchas, demasiadas.

Y que debíamos agrandar la memoria y el corazón para que no faltara ni una, sí, pero también para que no fueran inmovilizadas, para que fueran completadas una y otra vez en nuestro paso colectivo.

Así que imaginamos que este día, tarde, noche, madrugada siempre, bien podría ser un intercambio de piezas para seguir tratando de completar la vida de quien ustedes conocieron y conocen como el doctor Luis Villoro Toranzo, profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, fundador del grupo Hiperion, discípulo de José Gaos, investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas, miembro del Colegio Nacional, presidente de la Asociación Filosófica de México, y miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua. “Maestro, padre y compañero”, tal vez así diga su epitafio.

Hay compas, mujeres, hombres y otroas quienes tienen un lugar especial entre nosotros, nosotras, zapatistas del EZLN. No ha sido un regalo o un donativo. Ese lugar especial lo ganaron con un empeño y dedicación que está lejos de reflectores y templetes.

Por eso, cuando se marchan irremediablemente, no hacemos eco del ruido y el polvo que suelen levantarse con su muerte. Esperamos. Nuestra espera es así un homenaje silencioso, sordo. Como silenciosa y sorda fue su lucha a nuestro lado.

Dejamos entonces que el ruido se apague, que otra moda suceda a la que simula consternación y pena, que se asiente el polvo, que el silencio vuelva a ser sereno reposo para quien nos falta.

Tal vez porque respetamos esa vida ahora ausente, porque respetamos su tiempo y su modo. Y porque esperamos que, andando ya el calendario, su silencio tendrá lugar para escucharnos.

Para allá afuera, lo digo como señalando un hecho, no como reproche, el doctor Luis Villoro Toranzo fue un intelectual brillante, una persona sabia a la que tal vez sólo se le pueda reprochar la cercanía que en vida tuvo con los pueblos originarios de México, particularmente con aquellos que se alzaron en armas contra el olvido y que resisten más allá de modas y medios.

Para quienes no conocieron en vida al doctor Luis Villoro Toranzo, hay y, espero, habrá mesas redondas, reediciones, análisis en revistas especializadas y no.

Nuestra palabra de ahora no irá por esos caminos. No porque no conozcamos su obra histórica y filosófica, sino porque estamos aquí para cumplir un debe, saldar un pendiente, cumplir un encargo.

Porque ustedes, allá afuera, conocen a Luis Villoro Toranzo como un pensador brillante, pero nosotras, nosotros, zapatistas conocemos como…

¿Cómo?

Sabemos que tenemos sólo una de tantas piezas.

Y hemos venido aquí, a este homenaje, para entregarle a quienes compartieron y comparten sangre e historia con él, una pieza que, creemos, no sólo no tenían, sino que tal vez ni siquiera imaginaban.

La historia acá abajo, del lado zapatista, tiene muchos cuartos cegados. Compartimentos estancos en los que vidas diferentes se cumplen con aparente indiferencia, y en los que sólo la muerte derrumba los muros para que miremos y aprendamos de la vida que ahí transcurrió.

Y hagamos, ¿cómo decirlo?, ¿una permuta?, ¿un intercambio de lugares?

Al abrir el compartimento, al derribar el cuarto muro, al asomarnos dentro, hacemos un cambalache: esta muerte al museo, esta vida a la vida.

“Compartimentos estancos”, he dicho. Nuestro modo de lucha implica esta cuota de anonimato que, sólo para algunos de nosotros, es deseable. Pero tal vez después haya oportunidad de volver sobre esto.

Ya escucharán al Subcomandante Insurgente Moisés hablarles a nuestras compañeras y compañeros de las comunidades zapatistas una parte de lo que fue Don Luis Villoro Toranzo en nuestra lucha.

La inmensa mayoría de ellas y ellos no lo conocían, no lo conocieron. Y así como él, tenemos compañeras, compañeros y compañeroas de los que se ignora su existencia.

Este súbito saber que tuvimos compañeros y compañeras que ni siquiera sabíamos que existían, hasta que ya no existen, es algo que no es nuevo para nosotras, nosotros, zapatistas.

Tal vez es nuestro modo que, al nombrar la vida de quien falta, lo hacemos existir de otro modo.

Como si fuera nuestro modo de traer al colectivo al indígena zapatista Galeano antes, a Don Luis Villoro ahora.

Nuestro modo de apurarlos, de apremiarlos, de gritarles “¡Eh! ¡Nada de descanso!”, de traerlos de vuelta y que sigan en la lucha, la chamba, el jale, el trabajo, el camino, la vida.

Pero no es una vida la que les voy a relatar. Tampoco, es cierto, se trata de una muerte.

Es más, no les vengo a contar nada. Vengo a dibujarles un contorno, más o menos definido, más o menos nítido, de una pieza de un rompecabezas gigantesco, terrible, maravilloso.

Y lo que les voy a contar les sonará fantástico.

Tal vez mi hermano bajo protesta (bajo protesta de él), Juan Villoro, adivine después en mis palabras apenas una hebra de una madeja absurda y compleja, más cercana a la literatura que a la historia. Tal vez le sirva luego para completar ese libro que no sabe aún que escribirá.

Tal vez Fernanda intuya la irrupción de un concepto que parecía ausente, señalando un hueco cuya satisfacción daría un vuelco teórico a todo un pensamiento. Tal vez le sirva luego para iniciar la reflexión que ahora no sabe que emprenderá.

No lo sé. Tal vez él, ella, quienes no están, simplemente lo archiven en la carpeta de la “H”, de “homenaje”, de “herida”, de “humano”, de “Hidra”, de…

“Había una vez…”

Debo ser, por razones de seguridad, propositivamente impreciso en la geografía y el calendario, pero era madrugada y era el cuartel general del EZLN.

Tal vez una breve descripción de la comandancia general zapatista desilusione a más de uno, una, unoa.

No, no hay un mapa gigantesco con luces policromadas o alfileres de colores, cubriendo una de las paredes.

No, no hay modernos equipos de radiocomunicación con voces en muchas lenguas.

No hay un teléfono rojo.

No hay una moderna computadora con múltiples pantallas empeñadas en cifrar y descifrar la vertiginosa estática de la matrix cibernética.

Lo que hay es un par de mesas, dos o tres sillas, algunas tazas con restos de café frío, papeles mal arrugados, cenizas de tabaco, humo, mucho humo.

A veces hay también un tazón de palomitas rancias, pero sólo en caso de que se requiera un trueque con algún ser insólito.

Porque no lo van a creer, pero lo que en otros lados se llama “Juicio por Combate”, acá se llama “Atáscate que hay lodo”.

No me extenderé en este peculiar modo de resolver las disputas judiciales entre seres que están más que alejados de la jurisprudencia real o de ficción. Baste decir que el tazón con palomitas rancias tiene su razón de ser.

Puede haber, no siempre, es cierto, una computadora portátil y una impresora. No diré ni marcas ni modelos, baste decir que la computadora trabaja a base de insultos y amenazas, y que la impresora tiene un peculiar sentido del albedrío pues se niega a imprimir lo que no le parece digno de ir más allá de la pantalla.

Cierto, suele haber en la pantalla de esa computadora, invariablemente un procesador de textos y un escrito que no termina nunca por alcanzar el punto final…

¿Virus? Los únicos que pueden llegar a través del bejuco que le sirve para conectarse a uno de los túneles de la red. O sea arañas, o bichos que huyen de las susodichas mientras una lucecita parpadea alarmada.

Pero dejemos que la imaginación de cada quien complete el mobiliario.

Podría adornarme y decirles que esa madrugada estaba yo leyendo algún tratado de filosofía helénica, o las Fábulas de Higinio, o el tratado Sobre los Dioses de Apolodoro de Atenas, o Los Doze Trabajos de Hércules, sí, con “z”, de Enrique de Villena, el Astrólogo, pero no.

O podría decirles, y presumirme de moderno, diciéndoles que estaba yo, en la red alterna, tomando un curso en línea con un, una, unoa hacker anónimo. Iba a poner famoso, pero si es anónimo no puede ser famoso. ¿O sí? O tal vez es un colectivo organizado: “tú dale click al reload, tú oprime la tecla control, no, no toques la letra “z” porque se hace un desmadre y acabas chateando con un ser incomprensible en las montañas del sureste mexicano”. En fin, un nickname y un avatar, casi los equivalentes a un nombre de lucha y un pasamontañas, que, pacientes, explican los fundamentos de un terreno de lucha. Como en cada lengua nueva que se aprende, lo primero que hay que conocer son los insultos. Y así saber que “noob” es el equivalente a una mentada de madre.

O podría contarles, y reiterar el cliché, que estaba yo en una reñida multipartida de ajedrez interoceánico con el colectivo llamado “los Irregulares de Baker Street” asentado en la rubia Albión.

Pero no.

Lo que en realidad estaba yo haciendo es tratando de poner un punto final a un texto que lleva ya 20 años pendiente, pero…

Entonces apareció en el dintel de la puerta la posta, el guardia, el centinela, el vigía o como le quieran decir:

-“Sup, hay quien te quiere hablar”-, dijo lacónico después del saludo militar.

-¿Quién?- pregunté casi por trámite porque suponía que sería la insurgenta Erika con alguno de sus complicados acertijos de amores y esas cosas.

-“Un Don Luis, dice. Ya de edad él, de juicio”-, respondió el insurgente.

-¿Don Luis?, no conozco ningún Don Luis-, dije con enfado.

-Subcomandante – escuché su voz, y su figura se recortó en el umbral.

El guardia alcanzó a balbucear: “se metió sin avisar, le dije que esperara, no obedeció”,

“Ajá, no obedeció, como de por sí. Déjalo”, le dije al vigía y nos dimos un abrazo con Don Luis Villoro Toranzo, nacido en Barcelona, Cataluña, Estado Español, el 3 de noviembre del año 1922.

Le ofrecí una silla.

Don Luis se sentó, se quitó la boina y se frotó las manos sonriendo. Imagino que por el frío.

¿Dije ya que hacía frío esa madrugada?

Hacía de por sí, como de por sí cuando no hay una luz que entibie la sombra, como hoy. Es más, el frío mordía las mejillas como amante obseso.

Don Luis no parecía tomar nota de ello.

¿Hace frío en Barcelona?, le pregunté, un poco como saludo de bienvenida, otro poco para distraerlo mientras discretamente apagaba yo la computadora.

En fin, guardé la portátil, pedí café para 3 y volví a encender la pipa, rellena como estaba de tabaco usado y húmedo.

No recuerdo ahora si Don Luis respondió a la pregunta sobre el clima en Barcelona.

Sí que esperó pacientemente a que terminara yo de darme por vencido, y dejara de tratar de avivar las brazas de la cazueleja.

“¿No tendrá tabaco de casualidad?”, le pregunté anticipando con desilusión su negativa.

“No recuerdo”, dijo, y siguió sonriendo.

¿Se refería al frío en Barcelona o a si llevaba tabaco?

Pero no eran ésas las principales preguntas que se me acumulaban en la cazuela apagada de la pipa.

Antes de preguntarle al doctor en filosofía Luis Villoro Toranzo qué diablos hacía ahí, pues dejen les explico…

En esas fechas, el cuartel general del EZLN era el “Cama de Nubes”, nombrado así porque se encuentra en lo alto de una sierra y, fuera de los pocos días de la seca, se mantiene de continuo cubierto por nubes. Aunque de por sí la comandancia general es trashumante, a veces se aposenta ahí, aunque con más brevedad que las nubes.

“El Cama de Nubes”.

Llegar ahí no es fácil. Primero se deben cruzar potreros y acahuales. Malo si lluvia, malo si sol. Después de unas 2 horas de espinas e insultos, se llega al pie de la montaña. De ahí se eleva un estrecho sendero que faldea el contorno del cerro de modo que siempre hay un abismo a la derecha. No, no fueron consideraciones políticas las que decidieron ese trazo en espiral ascendente, sino el corte caprichoso de ese pico montañoso en mitad de la sierra. Aunque uno no paraba de subir hasta que estaba casi a las puertas de la champa de la comandancia general del ezetelene, se habían realizado algunas obras de ingeniería militar de modo que el puesto del vigía tuviera tiempo y distancia para un avistamiento oportuno.

De ahí, el caminamiento de acceso al cuartel era propositivamente difícil. A la rudeza de la montaña, habíamos agregado palotadas puntiagudas, zanjas y espinas, de modo que sólo era posible transitar por él de uno en uno.

Cuando yo era joven y bello, con carga promedio -digamos unos 15-20 kilogramos-, hacía yo unas 6 horas desde la base del cerro. Ahora que sólo soy bello, y sin carga, me toma de 8 a 9 horas.

Nuestro empecinado premodernismo y nuestro desprecio a las campañas electorales impiden que tengamos helipuertos en nuestras posiciones. Así que sólo se puede llegar caminando.

Con estas referencias, era lógico que la primera pregunta que aflorara fuera:

“¿Y cómo llegó hasta aquí Don Luis?”

Él respondió: “Caminando”, con la misma tranquilidad que si hubiera dicho “en taxi”.

Don Luis se veía completo, sin agitación visible, su boina intacta, su saco oscuro con apenas unas hebras de bejucos y ramas, su pantalón de pana apenas manchado y sólo en el bies, sus zapatos mocasines de una pieza. Todo completo. Si acaso había algo que notar era su barba de días y el evidente absurdo de su camisa clara, con el cuello almidonado abierto.

A mí esa subida me toma al menos 3 remiendos de la camisola, 4 del pantalón, un refuerzo en ambas botas, y un par de horas tratando de recuperar el aliento.

Pero Don Luis estaba ahí, sentado frente mío. Sonriendo. Aparte de un ligero arrebol en sus mejillas, se podría decir que, en efecto, se acababa de bajar de un taxi.

Pero no. Don Luis había respondido “caminando”, así que nada de taxi.

Estaba a punto de soltarme con una larga retahíla de reconvenciones sobre la salud, los calendarios hechos achaques, la imposibilidad de que, a su avanzada edad, tratara de hacer cosas absurdas, como subir una montaña y apersonarse, de madrugada, en la comandancia general del ezetaelene, pero algo me detuvo.

No, no fue el hecho incuestionable de que ahí se encontraba ya.

Fue que la sonrisa de Don Luis se había tornado nerviosa, inquieta, como cuando no se teme preguntar, sino tener respuestas.

Entonces hice la pregunta que habría de marcar esa madrugada:

“¿Y qué es lo que quiere Don Luis?”

“Quiero entrarme de zapatista”, respondió.

No había en su voz rastro alguno de burla, sarcasmo o ironía. Tampoco duda, temor, inseguridad.

Ya antes me he enfrentado a que un ciudadano o ciudadana declara así su intención, (aunque no con esas palabras, porque más bien lo suelen hacer con consignas incendiarias y frases rimbombantes donde hay mucha muerte y poco o nada de vida), aunque, claro, no pasan del potrero.

Me atraganté, y ni siquiera estaba encendida la pipa para fingir que era por el humo. Resignado ante la falta de tabaco seco, me limité a mordisquear la boquilla.

“Quiero entrarme de zapatista”, dijo. Don Luis había usado una expresión verbal más propia de la cotidianeidad en las comunidades zapatistas, que de la Academia Mexicana de la Lengua.

Seguí el protocolo en estos casos:

Le detallé las dificultades geográficas, temporales, físicas, ideológicas, políticas, económicas, sociales, históricas, climáticas, matemáticas, barométricas, biológicas, geométricas e interestelares.

A cada dificultad, la sonrisa de Don Luis perdía algo de nerviosismo y ganaba en seguridad y aplomo.

Al terminar la larga lista de inconvenientes, el rostro de Don Luis parecía haber recibido un asiento en el Colegio Nacional, en lugar del “NO” diplomático que le había endilgado.

“Estoy dispuesto”, dijo después del crujido del último pedazo sano de la boquilla de mi pipa.

Intenté disuadirlo mencionado los inconvenientes de la clandestinidad, el ocultarse, el anonimato.

“Además”, añadí con displicencia, “ya no hay pasamontañas”.

Era evidente que no estaba yo haciendo el mejor papel. Por más que me reacomodaba en la silla y movía nervioso los cosas sobre la mesa, no encontraba cuál era la explicación lógica al absurdo de la situación.

Don Luis se acomodó la boina sobre el plata de su rala cabellera.

Pensé que se iba a despedir pero, cuando me incorporaba para llamar a la guardia para que lo acompañara, dijo:

“Éste es mi pasamontaña”, dijo señalando su boina.

Cuando le argumenté que el pasamontañas debía ocultar el rostro de modo que sólo la mirada permaneciera, me refutó:

“¿No se puede ocultar el rostro sin cubrirlo?”

En ese momento agradecí dos cosas:

Una, que en el continuo mover las cosas sobre la mesa, había encontrado una bolsita de tabaco seco.

La otra, que la pregunta del doctor en filosofía Luis Villoro Toranzo, me daba tiempo para tratar de acomodar las piezas y entender de qué iba todo eso.

Así que, me resguardé detrás de las palabras para pensar mejor:

“Se puede, Don Luis, pero para lograrlo tiene que modificar como quien dice el entorno. Hacerse invisible es, entonces, no llamar la atención, ser uno más entre muchos. Por ejemplo, se puede ocultar a alguien que perdió el ojo derecho y usa un parche, haciendo que muchos usen un parche en el ojo derecho, o que alguien que llame la atención se ponga un parche en el ojo derecho. Todas las miradas irán sobre quien llama la atención, y los demás parches pasan a segundo plano. De ese modo, el tuerto real se vuelve invisible y puede moverse a sus anchas”.

“Dudo que usted pueda lograr que en el medio académico y universitario todos usen boina negra o que alguien que llame la atención poderosamente la use. Por ejemplo, si usted logra que Angelina Jolie y Brad Pitt usen boina negra, bueno, entonces sí, no se ofenda Don Luis, ni quien se fije en usted”.

“Además la boina remite más al Ché Guevara que a la filosofía idealista de la ciencia. Ya sabe usted, aunque es una selva, el instituto de investigaciones filosóficas no es precisamente un centro de subversión, que digamos”

“Pero”, interrumpió él, encajando sin dificultad el calambre, “otra forma de no llamar la atención, es decir, de pasar desapercibido, es no modificar la rutina, seguir vistiendo lo de costumbre. Al mirarme con la boina negra, no verán nada extraño. En cambio, si me pongo un pasamontañas, pues eso sería una modificación radical. Me verían. Llamaría la atención. Dirían “es el profesor Luis Villoro con pasamontañas, ha enloquecido, pobre, tal vez oculta alguna deformación reciente, o las huellas de la vejez, o la enfermedad, o un crimen inconfesable”. Y, mutatis mutando, si se deja de hacer algo rutinario o de costumbre, llama la atención. Por ejemplo, Subcomandante, si usted deja la pipa, llama la atención. Si se pone un parche en el ojo, otro ejemplo, se fijarán más y empezarán a especular si lo ha perdido o si lo tiene amoratado por un golpe”.

“Buen punto”, dije y discretamente tomé nota.

Don Luis continuó: “Si me pongo la boina, cualquiera que me vea no dirá nada, pensará que sigo siendo el mismo”.

Entonces, agregó como conclusión lógica:

“Y mi nombre de lucha va a ser “luis villoro toranzo”.

“Pero Don Luis”, rechacé, “si de por sí ése es su nombre”.

“Correcto”, dijo levantando el índice derecho. “Si me pongo ese nombre de lucha, nadie va a saber que soy zapatista. Todos pensarán que soy el filósofo Luis Villoro Toranzo”.

“¿No dijo usted que al cubrirse el rostro los zapatistas se mostraban?”

Asentí sabiendo a dónde iba.

“Ahí está, con la boina y el nombre me muestro, es decir, me oculto”.

“¿No era esa la paradoja?”

Hubiera dicho “Touché”, pero estaba tan desconcertado que mi francés quedó en el baúl de los olvidos.

El resto de la noche-madrugada la pasé argumentando en contra y él contra argumentando a favor.

Déjenme decirles que, hay que reconocerlo, su razonamiento lógico era impecable, y con gracia y buen humor sorteaba una y otra vez las trampas falaces con las que suelo hacer tropezar a los más renombrados intelectuales.

Sí, estoy siendo sarcástico, así que nadie se llame a ofensa.

El caso, o cosa, era que Don Luis Villoro Toranzo, aspirante a zapatista cuyo nombre de lucha sería “Luis Villoro Toranzo” y que, para ocultarse mejor, mejor se mostraría con una boina negra como pasamontañas, fue deshaciendo uno a uno los obstáculos y reparos que, con cierta necedad, le fui poniendo.

“La edad”, le dije como postrer argumento y casi desfalleciendo.

Él remató con: “Si mal no recuerdo, usted, subcomandante, alguna vez señaló que el límite era un segundo antes del postrer suspiro”.

La luz del amanecer ya delineaba los garabatos del horizonte cuando decidí asumir la mejor posición en estos casos: alegué demencia.

“Mire Don Luis, si por mí fuera, claro, sería un honor, claro, pero no a mí me corresponde, claro, aceptar o rechazar una solicitud de alta en el EZLN, claro. Yo soy, claro, digamos que el sinodal, claro, pero quien califica es otro, claro. Además de ahí sigue el responsable local, claro, el regional, claro, el comité, claro, la comandancia general del ejército zapatista de liberación nacional, claro. ¿Por qué mejor no se va usted a su casa y ya le avisaré cuando sepa algo”?

Pero… cuando estaba yo diciendo eso, entró a la comandancia general el otro indígena que nos completa a Moy y a mí.

“Ah”, dijo, “veo ya hablaste con él”

“Sí”, dije, “pero está necio en que quiere ser zapatista”.

“Bueno”, dijo el otro, “en realidad le estaba hablando al compa Luis Villoro Toranzo, no a ti”.

“Él ya había hablado conmigo, le dije que como quiera pasara contigo para que revisara sus argumentos”.

“Pero ya está: lo tengo ya dado de alta en la unidad especial. Ahora es para nosotros el colego Luis Villoro Toranzo”.

“Ya le expliqué que, por nuestro modo, le diremos sólo “Don Luis”, así que creo que sólo falta darle la bienvenida y asignarle su trabajo”.

El ya compañero zapatista Luis Villoro Toranzo se puso de pie y, con admirable prestancia, en posición de firmes saludó al oficial.

“¿Y cuál será el trabajo que se le asignará?” alcancé a preguntar en medio de la bruma de mi confusión.

“Pues el que le toca de por sí: la posta”, dijo el otro y se marchó.

Casi podría aventurar que Juan, Fernanda y quienes ahora me escuchan y me leerán después, han recibido estas palabras como una más de las fantásticas historias que pueblan las montañas del sureste mexicano, remontadas una y otra vez por escarabajos, niños y niñas irreverentes, fantasmas, gato-perros, lucecitas titilantes y otros absurdos.

Pero no. Es hora ya de que sepan que Don Luis Villoro Toranzo se dio de alta en el EZLN una madrugada de mayo, hará ya muchas lunas.

Su nombre de lucha fue “Luis Villoro Toranzo” y en la comandancia general del EZLN lo conocíamos como “Don Luis” por razones de brevedad y eficacia.

El lugar fue en el cuartel general “Cama de Nubes”, donde dejó guardada su camisola marrón para los regresos en los que incurrió varias veces antes de fallecer.

¿Qué más puedo decirles?

Cumplió a cabalidad su misión. Como centinela en uno de los puestos de guardia de la periferia zapatista estuvo atento a lo que ocurría, con el rabillo del ojo del pensamiento crítico se percató de cambios y movimientos que, para la inmensa mayoría de la intelectualidad autodenominada progresista, pasaron desapercibidos.

Producto de la alerta del caracol a su cargo, ustedes escucharán, y algunos más leerán, en estos días, las reflexiones que sobre esos cambios y movimientos hemos hecho.

UN REGALO AL ESTILO ZAPATISTA

Fue otra madrugada. Don Luis, el entonces Teniente Coronel y hoy Subcomandante Insurgente Moisés, y yo habíamos iniciado la plática como a las 1700 hora del frente de combate suroriental. Como a las 2100 el ahora SupMoy se disculpó porque tenía que retirarse a checar las posiciones circundantes.

El modo de debatir de Don Luis tenía su particularidad: donde otros manotean y alzan la voz, él sonríe con vaga ausencia. Donde otros argumentan consignas él dice un disparate -“Sólo por darse tiempo”, me decía a mí mismo.

Por lo regular esas pláticas semejaban a encuentros de esgrima. Aunque sobre decirlo, las más de las veces me vi derribado. Así sucedió cierta vez. Don Luis entonces río y soltó: “¡Derribado, pero no destruido!” Yo me reincorporé con palabras, haciéndole ver que sería mal visto que un filósofo neopositivista, cite, queriéndolo o no, la segunda carta del apóstol Pablo a los Corintos. Y él, sonriendo taimado, “y se vería peor que un jefe zapatista identificara la cita”. Entonces se puso de pie y recitó dramático: “Que estamos atribulados en todo, más no angustiados; en apuros, más no desesperados; perseguidos, más no desamparados; derribados, pero no destruidos” y luego dirigiéndose a mí: “y me extraña que no haya señalado que se trata del capítulo IV, versículos 8 y 9″.

Aún adolorido por la paliza argumentativa, repuse: “siempre he pensado que ese texto más parece comunicado zapatista describiendo la resistencia, que parte del Nuevo Testamento”.

“¡Ah! ¡la resistencia zapatista!”, exclamó con entusiasmo.

Y luego: “¿Sabe Subcomandante? Ustedes deberían abrir una escuela”.

“No una, muchas”, le dije.

Deben haber sido los años 2005-2006, años antes Don Luis se había dado de alta en nuestras filas y las Juntas de Buen Gobierno se empeñaban en las necesidades de salud y educación en las zonas, regiones y comunidades.

Don Luis precisó entonces: “No, no me refiero a esas escuelas. Claro, hay que abrir muchas de ellas, ni dudarlo. Yo hablo de una escuela zapatista. No una donde se enseñe zapatismo, sino una donde se muestre el zapatismo. Una donde no se impongan dogmas, sino que se cuestione, se pregunte, se obligue a pensar. Una cuyo lema sea “¿Y tú qué?”.

En realidad la idea de Don Luis no era original. Ya antes la habían esbozado, con enunciados distintos, Pablo González Casanova y Adolfo Gilly.

Pero nuestra idea no era ni es enseñar, tampoco “mostrar”. Sino provocar. El “¿y tú qué?” no buscaba recibir una respuesta, sino incitar una reflexión.

En fin, prosigo:

La discusión pasó a ser plática, de la misma forma en que un torrente alcanza una planada en su serpenteo y se convierte en un plácido fluir. Plácido, sí, pero imparable.

Ya era madrugada. La guardia nocturna nos avisó que Moy seguía ocupado y nos ofreció café. A mi mirada Don Luis respondió con un gesto afirmativo. No sé realmente si Don Luis tomaba café siquiera, siempre dejó su taza sin tocar. Entonces lo achaqué al calor de la plática. Ahora se me ocurre que nunca le pregunté siquiera si acostumbraba beberlo. Uno podría suponer, claro, filósofo, claro, “café” es para un filósofo como un apellido indeseable. O tal vez lo tomaba. Estamos en Chiapas, pues. Venir a Chiapas y no tomar café es… como ir a Sinaloa y no comer chilorio, como ir a Hamburgo y no zamparse una hamburguesa, como ir a La Realidad y no toparse con ídem.

El asunto es que, sin darnos apenas cuenta, estábamos hablando de regalos.

“Imagine cuál sería el regalo perfecto”, propuso.

“El más sorpresivo”, respondí sin pensar.

“No, el que no pudiera ser agradecido.”, reviró.

“O el que no fuera regalo”, contra ataqué.

“¿Cómo?”, preguntó intrigado.

“Como por ejemplo un enigma, o una pieza de rompecabezas. O sea, un regalo sin razón de ser. Si no hay una razón, aumenta la sorpresa”, dije.

“Cierto, pero para quien lo da, podría ser un regalo el no poder ser agradecido por el regalo”, dijo como para sí mismo.

Conforme se hacía más revuelta la argumentación lógica, más pensaba yo que Don Luis se estaba cansando. Pero no, estaba animado y tenía la mirada brillante, como si…

Me levanté y le toqué la frente. No dije nada, sólo me dirigí a la puerta y le avisé a la posta: “Que venga la compa de sanidad”.

Don Luis tenía fiebre. La insurgenta de sanidad recomendó antipirético, un baño de agua fría y mucho líquido. Don Luis no se opuso a nada. Pero en cuanto se retiró la compañera, me dijo “basta con un poco de descanso” y se durmió. 2 días estuvo así, apenas despertándose para comer e ir al baño.

Ya repuesto del todo, me dijo que debía retirarse, me recomendó que releyera sus informes de vigilancia y se despidió.

Antes de cruzar el dintel de la puerta, sin voltear a verme y más bien para sí, murmuró: “Eso, un regalo que no se pueda agradecer. Sería muy zapatista”. Se colocó la boina, me dijo algo más y se fue.

Ahora, a más de 12 lunas de su ausencia, puedo contar lo que me dijo al despedirse esa ya mañana, con el sol levantando luces y sombras.

“Compañero subcomandante insurgente marcos”, me dijo cuadrándose con notable vitalidad.

“Compañero Luis Villoro Toranzo”, le dije siguiendo mi vieja costumbre de indicar así que estaba listo para escuchar.

“Quiero pedirle algo”

No se me escapó el abandono de la informalidad, pero lo achaqué a su nueva profesión.

“No vaya usted a decir nada de esto a nadie más, por el momento”, demandó.

“Claro”, le dije, “entiendo. El secreto, la clandestinidad, eso, que la familia no sepa”

“No es eso”, me dijo.

“Quiero que lo diga después”

“¿Cuándo?”, le pregunté.

“Usted va a saber cuándo es el mejor momento. Para usar nuestro modo: “de por sí llegarán el calendario y la geografía”.

“¿Y por qué?”, le pregunté curioso.

“Es un regalo que quiero darle a mis hijos y a mi compañera”.

“Hombre Don Luis, no chingue, mejor regálele una corbata verde con motas rojas a Juan, a Miguel una roja con motas verdes, o viceversa; a su hija Renata un jarrón y a Carmen, un cenicero, o viceversa. Como quiera, como en toda buena familia, se van a pelear. A Fernanda un cuaderno de apuntes, de ésos de rayas. Son inútiles y horribles todos esos obsequios, pero lo que cuenta es la intención”.

Don Luis rio de buena gana. Ya más serio continuó:

“Cuénteles mi historia. O bueno, esta parte de mi historia. Entonces ellos y ellas entenderán que no me escondí de ellos. Sólo lo guardé como regalo. Porque el encanto de los regalos es que son una sorpresa. ¿No cree usted?”

“Dígales que les regalo este pedazo de mi vida. Dígales que se los oculté no como se esconde un crimen, sino como se guarda un regalo”.

“Mire Sup, muchas cosas se dirán de mi vida, algunas buenas, algunas malas. Pero esta parte, creo, les desarreglará todo, pero no con pena y dolor, sino con la alegre travesura de ese viento fresco que tanta falta nos hace cuando la pena de la ausencia y los grises de la seriedad, la formalidad y los nombramientos, se convierten en piedra y epitafio.”

“Está bien, Don Luis”, le dije, “pero no descarte lo de las corbatas, el jarrón, el cenicero y el cuaderno de apuntes”.

Se marchó sonriendo.

Así que Juan, Fernanda, familiares de Don Luis Villoro Toranzo, durante años guardé como secreto este pedazo del amplio rompecabezas que fue la vida de Don Luis.

No esa vez, sino después, cuando la rabia y el dolor nacían del cuerpo masacrado del compa maestro zapatista Galeano, fue que entendí el por qué de retener esa pieza de su vida.

No era que él se los ocultara porque le diera vergüenza, ni porque temiera que lo delataran con el enemigo de mil cabezas, o porque así evitara que trataran de disuadirlo.

Era porque quería darles este regalo.

Una pieza que provoca, que alienta, que agita, justo como su pensamiento hecho viento travieso en nosotros.

Una pieza más de la vida de Don Luis.

La pieza que se llamó Luis Villoro Toranzo, el zapatista del EZLN.

Cayó y calló en el cumplimiento de su deber, cubriendo la posición de centinela en este mundo absurdo, terrible y maravilloso que es el que nos empeñamos en construir.

Sé bien que dejó un legado de libros y brillante trayectoria intelectual.

Pero también me dejó estas palabras para que, hoy, yo se las dijera:

“Porque hay secretos que no avergüenzan, sino enorgullecen. Porque hay secretos que son regalos y no afrentas”

Ahora y sólo ahora, cuando les entrego estas hojas, podrán leer cómo se titula este texto en el que viene envuelto, con mis torpes palabras, la pieza del rompecabezas que se llamó:

“Luis Villoro Toranzo, el zapatista”.

Vale. Salud y reciban de todos y todas nosotros el abrazo que les dejó guardado con nosotros el compa zapatista Don Luis.

Desde las montañas del Sureste Mexicano, y ahora bajo tierra.

Subcomandante Insurgente Marcos.
México, 2 de mayo del 2014.
Hecho público el 2 de mayo del 2015.

PROGRAMA Y OTRAS INFORMACIONES DEL HOMENAJE Y SEMINARIO.

EJÉRCITO ZAPATISTA DE LIBERACIÓN NACIONAL.

MÉXICO.

PROGRAMA Y OTRAS INFORMACIONES DEL HOMENAJE Y SEMINARIO.

29 de abril del 2015.

Compas:

Les paso las últimas informaciones sobre la celebración en Homenaje a los compañeros Luis Villoro Toranzo y el Maestro Zapatista Galeano, el día 2 de mayo del 2015, y del seminario a celebrarse del 3 al 9 de mayo del 2015.

Primero.- Un grupo de artistas gráficos participará también en el Seminario “El Pensamiento Crítico frente a la Hidra Capitalista” con una exposición titulada “Signos y Señales”. Con obra artística propia y especialmente creada para esta exposición, participan:

 

Antonio Gritón
Antonio Ramírez
Beatriz Canfield
Carolina Kerlow
César Martínez
Cisco Jiménez
Demián Flores
Domi
Eduardo Abaroa
Efraín Herrera
Emiliano Ortega Rousset
Felipe Eherenberg
Gabriel Macotela
Gabriela Gutiérrez Ovalle
Gustavo Monroy
Héctor Quiñones
Jacobo Ramírez
Johannes Lara
Joselyn Nieto
Julián Madero
Marisa Cornejo
Mauricio Gómez Morín
Néstor Quiñones
Oscar Ratto
Vicente Rojo
Vicente Rojo Cama

La presentación de la exposición será la mañana del día lunes 4 de mayo del 2015 en el CIDECI.

SEGUNDO.- Les pasamos el programa de actividades y participaciones para el seminario. Puede haber algunos cambios (ojo: todos los horarios son en hora nacional).

HOMENAJE:
Sábado 2 de mayo. Caracol de Oventik. 1230 hrs.

Homenaje a los compañeros Luis Villoro Toranzo y Maestro Zapatista Galeano.
Participan:
Pablo González Casanova (escrito).
Adolfo Gilly.
Fernanda Navarro.
Juan Villoro.
Madre, padre, esposa e hij@s del compañero maestro Galeano.
Compañeros y compañeras de lucha del compañero maestro Galeano.
Comandancia General – Comisión Sexta del EZLN.

Nota: El día 2 de mayo SÍ se permitirá el acceso al caracol antes de las 1230. Cuando llegue la hora, se les pedirá que se acomoden en las afueras para la ceremonia de recepción de los familiares de los homenajeados e invitad@s de honor, y que tod@s entren detrás de ell@s al lugar preciso del homenaje. Terminado el acto, deberán retirarse tod@s porque el caracol estará ocupado en su totalidad por las compañeras y compañeros bases de apoyo zapatistas. No podrán quedarse a pernoctar en el caracol. Se calcula que el homenaje estará terminando a más tardar entre las 1600 y las 1700 hrs, de modo que puedan regresar con seguridad y comodidad a San Cristóbal de las Casas.

SEMINARIO “EL PENSAMIENTO CRÍTICO FRENTE A LA HIDRA CAPITALISTA”:

Domingo 3 de mayo. Caracol de Oventik. 1000-1400. Se les pide que lleguen un poco antes de esa hora.
Inauguración a cargo de la Comandancia General del EZLN.
Don Mario González y Doña Hilda Hernández (video).
Doña Bertha Nava y Don Tomás Ramírez.
Participación de la Comisión Sexta del EZLN.
Juan Villoro.
Adolfo Gilly.
Participación de la Comisión Sexta del EZLN.

Traslado a las instalaciones del CIDECI en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, a partir de las 1400 hrs.

Domingo 3 de mayo. CIDECI. 1800-2100.
Sergio Rodríguez Lazcano.
Luis Lozano Arredondo.
Rosa Albina Garavito.
Participación de la Comisión Sexta del EZLN.

Lunes 4 de mayo. CIDECI. 1000 a 1400.
María O’Higgins.
Oscar Chávez (grabación).
Guillermo Velázquez (grabación).
Antonio Gritón. Presentación de la Exposición Gráfica “La Hidra Capitalista”.
Efraín Herrera.
Participación de la Comisión Sexta del EZLN.

Lunes 4 de mayo. CIDECI. 1700 a 2100.
Eduardo Almeida.
Vilma Almendra.
María Eugenia Sánchez.
Alicia Castellanos.
Greg Ruggiero (escrito).
Participación de la Comisión Sexta del EZLN.

Martes 5 de mayo, CIDECI. 1000 a 1400.
Jerónimo Díaz.
Rubén Trejo.
Cati Marielle.
Álvaro Salgado.
Elena Álvarez-Buylla.
Participación de la Comisión Sexta del EZLN.

Martes 5 de mayo. CIDECI. 1700 a 2100.
Pablo Reyna.
Malú Huacuja del Toro (escrito).
Javier Hernández Alpízar.
Tamerantong (video).
Ana Lidya Flores.
Participación de la Comisión Sexta del EZLN.

Miércoles 6 de mayo. CIDECI. 1000 a 1400.
Gilberto López y Rivas.
Immanuel Wallerstein (escrito).
Michael Lowy (escrito).
Salvador Castañeda O´Connor.
Pablo González Casanova (escrito).
Participación de la Comisión Sexta del EZLN.

Miércoles 6 de mayo. CIDECI. 1700 a 2100.
Karla Quiñonez (escrito).
Mariana Favela.
Silvia Federici (escrito).
Márgara Millán.
Sylvia Marcos.
Havin Güneser, del Kurdish Freedom Movement.
Participación de la Comisión Sexta del EZLN.

Jueves 7 de mayo, CIDECI. 1000 a 1400.
Juan Wahren.
Arturo Anguiano.
Paulina Fernández.
Marcos Roitman (escrito).
Participación de la Comisión Sexta del EZLN.

Jueves 7 de mayo, CIDECI. 1700 a 2100.
Daniel Inclán.
Manuel Rozental.
Abdullah Öcalan, del Kurdish Freedom Movement (participación escrita).
John Holloway.
Gustavo Esteva.
Sergio Tischler.
Participación de la Comisión Sexta del EZLN.

Viernes 8 de mayo. CIDECI. 1000 a 1400.
Philippe Corcuff (video).
Donovan Hernández.
Jorge Alonso.
Raúl Zibechi.
Carlos Aguirre Rojas.
Participación de la Comisión Sexta del EZLN.

Viernes 8 de mayo. CIDECI. 1700 a 2100.
Carlos González.
Hugo Blanco (video).
Xuno López.
Juan Carlos Mijangos.
Óscar Olivera (video).
Participación de la Comisión Sexta del EZLN.

Sábado 9 de mayo. CIDECI. 1000 a 1400.
Jean Robert.
Jérôme Baschet.
John Berger (escrito).
Fernanda Navarro.
Participación de la Comisión Sexta del EZLN.

Clausura.

Tercero.- Hasta el día 29 de abril del 2015, se ha confirmado el registro de 1,528 personas. De ellas: 764 dicen ser adherentes a la Sexta, 639 dicen no ser adherentes, 117 dicen ser de medios libres, autónomos, alternativos o como se llamen, y 8 laboran en Medios de Paga.

Cuarto.- Quien no alcance a registrarse antes del día 2 de mayo del 2015, podrá hacerlo directamente en el CIDECI, en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas.

Es todo por ahora.
Buen viaje.

Desde la conserjería.

SupGaleano.
Abril del 2015.

JUEVES: LA HORA DE LAS CREPAS

RINCÓN ZAPATISTA ★ NUEVO LEÓN

TE INVITA ESTE Y TODOS LOS JUEVES  A LA HORA DE LAS CREPAS

(LA HORA PICO, DE 5:30 A 7:30 PM)

 

Captura de pantalla 2015-04-27 a la(s) 21.16.49

VEN A ESCUCHAR MÚSICA, MIENTRAS PASA LA HORA DEL TRÁFICO

CREPAS DULCES O SALADAS DE UN INGREDIENTE, $15

IMG_3546ACOMPAÑADAS DE CAFÉ DE LAS COMUNIDADES ZAPATISTAS, COOPERACIÓN VOLUNTARIA

 

PD: QUE HACE AGUA LA BOCA: PROXIMAMENTE LOS FRAPPES DEL RINCÓN

¡VIVA LA SEXTA!

¡JUSTICIA VERDADERA PARA AYOTZINAPA!
¡ALTO A LA GUERRA DEL ESTADO CONTRA LAS COMUNIDADES ZAPATISTAS!
¡LIBERTAD A LOS PRESOS POLÍTICOS YAQUIS!
¡PRESOS POLÍTICOS, LIBERTAD!

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